___________________ Algunos Escritos ____________________

El próximo beso

Posted in Otros, Prosa by Fran on 5 Julio 2009

Por Alejandro Caponi

 

Peleo con mis ojos, que se niegan a enfocar la ruta, y pienso en los caprichosos acontecimientos de las últimas 36 horas. Me duele la cabeza, me duele la cintura. Enero en Corrientes, hace calor y las lluvias, desde tanto tiempo atrás, que se mueven en sentido exactamente inverso a mi conveniencia. Este ahogo no es caprichoso. Ayer, más o menos a esta hora, llegué a mi trabajo en la embotelladora de soda. Mal dormido me enteré que un camión que traía una máquina desde Porto Alegre estaba parado a la salida de Paso de los Libres. El camionero se había calentado con un gendarme, lo puteó (según me contó muy orgulloso le vomitó: “negro hijo de puta porque no me chupan la pija vos y los otros putos que están ahí”) y todos quedaron detenidos: camionero, camión y máquina. Casi lo mismo le quise decir yo al Sodero, tal vez cambiando el negro por un judío, cuando me ordenó “Gringo, agarrate el Corsita y fijate de arreglar este quilombo. Hacete acompañar por el pibe nuevo”. El Corsita, una lenta babosa a GNC sin aire acondicionado, el pibe nuevo un gordo inútil que mandaba mensajes de texto con las dos manos, usando solo los pulgares y 800 kilómetros por delante después de una muy mala noche.

A pocas cuadras de la fábrica vive una compañera de la escuela secundaria. A sus 17 todos correteábamos, alzados y patéticos, tras su culo tan duro y tetas tan redondas. Yo la quise, ella no. Quiso a varios pero a mi no. Con el tiempo aprendí a aceptar los hechos y fuimos bastante amigos pero, a intervalos extrañamente regulares, aun soñaba con ella. La lógica de aquellos sueños era curiosa, capítulos hilvanados. En el primero, al menos yo lo suponía como tal, ella desnuda, apenas tapada por la camisa blanca que usaba en el colegio y su lengua, precisa, rigurosa. Al tiempo, cuando volvía a mis sueños, podía sentir su culo, tan duro como siempre chocando, rítmico, contra mi vientre. Ya no había camisa y, desde atrás y con ambas manos, jugaba con sus tetas, tan redondas como siempre. Se extinguía, pero alguna noche retornaba. Ya dije que sus intervalos eran regulares. Arrodillada, nuevamente su lengua y yo me iba, espeso y caliente, sobre su cara. Nada parecía incomodarla. Ahora, sentados en el bar de una estación de servicio me cuenta que su marido, del que se divorció hace un par de años, no le pasa suficiente plata y que no le resulta fácil mantener la casa y sus dos hijos. Yo le miro el escote, sus tetas han soportado más que bien el paso del tiempo y, pienso, razonablemente aun pueden ser pasto de mis fantasías nocturnas. Creo que ahí sentados, los dos, apenas tratamos de pellizcar algo de los lejanos días de gloria, yo atajaba penales y ella la protagonista excluyente de nuestra fiebre. Al levantarse para volver a su casa me besa en la boca. Después desaparece. A intervalos regulares, volverá.

A las cuatro de la mañana me despierto. No hay luz y no tengo fuerzas para putear a la EPE y sus cortes “por exceso de demanda”. Hace calor, no hay aire, ni ventilador ni nada. Tengo la frente empapada. Camino al baño. La puerta entreabierta y el difuso resplandor de las velas que va y viene. Abro. Una amiga de mi hija, rubia, desnuda, mojada, eventualmente virgen, está parada sobre una toalla. Me mira y no puedo saber si algo la sorprende. No tiene más de 17. Con ambas manos se tapa las tetas y no hace más que realzar su perfección. No se si bajo la vista o la recorro. Su piercing en el ombligo, el delfín tatuado un poco más arriba de su pubis casi totalmente depilado. Vuelvo a la cama. Ya no podré dormir.

Un novillo, el aburrimiento del que sabe que va a morir, me mira desde un camión jaula. Intento dejarlo atrás. Vamos a 40. El Corsa hierve, se funde en la doble raya amarilla. El Gordo estira su brazo a la radio. Sin mirarlo (mis ojos gambetean la frase atrás del acoplado “Nao e prisa, e saudade”) le ordeno “ni se te ocurra” y, transpuesto, vuelve a la algo reclinada butaca de acompañante. Bajo a segunda y acelero, el auto tose y yo puteo “… judío de mierda, el gas es para la cocina…” Voy entre los novillos y un perro muerto que se pudre en la banquina.

En Paso de los Libres, cerca de la aduana, cien metros a un costado del A.C.A. hay un puticlub. Después de conciliar con los gendarmes y devolver el camión a la ruta quiero tranquilizarme. El camionero trepado al estribo del Scania, calco de los Guns en el centro del parabrisas, alardeando “un rato más ahí dentro y me los garcho a todos esos tobas de mierda”, el beso en la estación de servicio, el delfín tatuado en el pubis tan bien depilado de la amiga de mi hija. Pido un Fernet con Coca y arreglo que el Gordo suba al escenario. Una puta vieja y estropeada le baja los pantalones y se la empieza a chupar. Excepto la verga tiene todo duro. Desde la oscuridad alguien ladra “bombeá gordo”. “Metele un dedo en el culo que le gusta”, grito y me pregunto cuando será el próximo beso.

El hormigón de la ruta es un espejo. El sol parece estar atado al techo del Corsa. El hilo es corto. Me aburro. Bajo el asiento tanteo el 38 Special que siempre llevo conmigo. Miro al Gordo tan somnoliento. Apoyo el caño sobre su sien izquierda y gatillo. El tambor vacío gira y el percutor pega un chasquido seco. Me río y le digo al Gordo, una masa fofa, transpirada y contorsionada, los ojos tan abiertos, “como te cagaste hijo de puta”.

 

Fortín Paraguay, Junio de 2009

La posibilidad de una isla

Posted in Houellebecq, Prosa by Fran on 30 Junio 2009

Por Michel Houellebecq

 

Daniel 1, 28

Estamos en septiembre, los últimos veraneantes están a punto de marcharse; y con ellos las últimas tetas, los últimos felpudos, los últimos micromundos a mi alcance. Me espera un otoño interminable, seguido por un invierno sideral; y esta vez he terminado realmente mi labor, he superado los ultimísimos minutos, mi presencia aquí ya no está justificada; no quedan relaciones u objetivos posibles. Sin embargo hay algo, algo espantoso que flota en el espacio y parece querer acercarse. Antes de toda tristeza, antes de toda pena o de toda falta claramente definible, hay otra cosa, que se podría llamar el terror puro del espacio. ¿En eso consistía la última fase? ¿Qué había echo yo para merecer ese destino? ¿Y qué habían hecho, en general, los hombres? Ya no siento odio dentro de mi, ni nada a que agarrarme: ni referencia, ni indicio; el miedo esté ahí, verdad de todas las cosas, en todo igual al mundo observable. Ya no hay mundo real, mundo sentido, mundo humano: he salido del tiempo, ya no tengo ni pasado ni futuro, ya no tengo ni tristeza ni proyecto, ni nostalgia, ni abandono ni esperanza; ya sólo queda el miedo.

 

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Fragmentos de un discurso amoroso: el abrazo

Posted in Otros by Fran on 24 Junio 2009

Por Roland Barthes

 

1. Fuera del acoplamiento (¡al diablo, entonces, lo imaginario!), hay ese otro abrazo que es un enlazamiento inmóvil: estamos encantados, hechizados: estamos en el sueño, sin dormir; estamos en la voluptuosidad infantil del adormecimiento: es el momento de las historias contadas, el momento de la voz, que viene a fijarme, a dejarme atónito, es el retorno a la madre ( “en la calma tierna de tus brazos”, dice una poesía musicalizada por Duparc). En este incesto prorrogado, todo está entonces suspendido: el tiempo, la ley, la prohibición; nada se agota, nada se quiere: todos los deseos son abolidos, porque parecen definitivamente colmados.

2. Sin embargo, en medio de este abrazo infantil, lo genital llega infaltablemente a surgir; corta la sensualidad difusa del abrazo incestuoso; la lógica del deseo se pone en marcha, el querer-asir vuelve, el adulto se sobreimprime al niño. Soy entonces dos sujetos a la vez: quiero la maternidad y la genitalidad. (El enamorado podría definirse como un niño que se tensa: tal era el joven Eros.)

3. Momento de la afirmación; durante cierto tiempo, ha llegado a un fin, se ha desquiciado, algo se ha logrado: he sido colmado (todos mis deseos abolidos por la plenitud de su satisfacción): la saciedad existe, y no me daré tregua hasta hacer que se repita: a través de todos los meandros de la historia amorosa me obstinaré en querer reencontrar, renovar, la contradicción -la contracción- de los dos abrazos.

 

16. Ir hasta el extremo es quedarse sin lugar

Posted in Juarroz, Poesia by Fran on 15 Junio 2009

Por Roberto Juarroz

 

Ir hasta el extremo es quedarse sin lugar,
porque el extremo no es un lugar,
y quien fue al extremo
no puede ya retroceder.
Ir hasta el extremo consiste precisamente
en hallar la imposibilidad del regreso.
O quizá tan sólo
La imposibilidad.
Y lo imposible no necesita lugar.

 

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La posibilidad de una isla

Posted in Houellebecq by Fran on 8 Junio 2009

Por Michel Houellebecq

 

Daniel 1,20
Es sencillo definir el amor, pero se prodiga poco en la secuencia de los seres. A través de los perros rendimos homenaje al amor y a su posibilidad. ¿Qué es un perro sino una máquina de amor? Le ponen delante a un ser humano, le encargan la misión de amarlo y, por poco agraciado, perverso, deforme o estúpido que sea el ser humano, el perro lo ama. Esta característica era tan asombrosa para los humanos de la antigua raza, los impresionaba tanto, que la mayoría –todos los testimonios concuerdan- terminaba por corresponder al amor de su perro. Así que el perro era una máquina de amor capaz de entrenamiento; cuya eficacia, no obstante, se limitaba a los perros y nunca se extendía a otros seres humanos.

 

De ningún tema se habla tanto como del amor, tanto en los relatos de vida de los humanos como en el corpus literario que nos han dejado; abordan el amor homosexual y el amor heterosexual, sin que hasta ahora nadie haya podido descubrir una diferencia significativa entre ambos; tampoco ha habido ningún tema tan discutido y que haya causado tanta controversia, sobre todo durante el período final de la historia humana, en el que las oscilaciones ciclotímicas referentes a la creencia en el amor fueron constantes y vertiginosas. En resumen, ningún tema parece haber preocupado tanto a los hombres; incluso el dinero, incluso las satisfacciones de la lucha y de la gloria pierden, en comparación, su fuerza dramática. El amor parece haber sido para los humanos del último periodo del súmum y lo imposible, el arrepentimiento y la gracia, el punto focal donde podían concentrarse todo el sufrimiento y toda la alegría. El relato de vida de Daniel 1, duro, doloroso, tan inmoderadamente sentimental, como francamente cínico, contradictorio desde cualquier punto de vista, es característico a este respecto.

 

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