La posibilidad de una isla
Por Michel Houellebecq
Daniel 1,20
A Isabelle no le gustaba el placer, pero a Esther no le gustaba el amor, no quería estar enamorada, rechazaba ese sentimiento de exclusividad, de dependencia, y toda su generación lo rechazaba con ella. Deambulé entre ellos como una especie de monstruo prehistórico con mis necedades románticas, mis apegos, mis cadenas.
Para Esther, como para todas las chicas de su generación, la sexualidad no era más que un divertimento placentero, guiado por la seducción y el erotismo, que no conllevaba ninguna implicación sentimental especial.; seguramente el amor, igual que la piedad según Nietzsche, nunca había sido otra cosa que una ficción inventada por los débiles para culpabilizar a los fuertes, para imponer límites a su libertad y su ferocidad naturales. Las mujeres habían sido débiles, en especial a la hora de parir, en sus comienzos necesitaban vivir bajo la tutela de un protector poderoso, y a tal efecto habían inventado el amor, pero en la actualidad se habían vuelto fuertes, eran independientes y libres, habían renunciado tanto a inspirar como a experimentar un sentimiento que ya no tenía ninguna justificación concreta.
El proyecto milenario masculino, perfectamente expresado en nuestra época por las películas pornográficas, consistente en despojar la sexualidad de toda connotación afectiva para devolverla al campo de la pura diversión, había conseguido realizarse por fin en esta generación. Lo que yo sentía, esos jóvenes no podían ni sentirlo ni comprenderlo exactamente, y si hubieran podido habrían experimentado una especie de incomodidad, como ante algo ridículo y un tanto vergonzoso, como ante un estigma de tiempos más antiguos.
Tras décadas de condicionamiento y de esfuerzos, por fin habían conseguido extirpar de su corazón uno de los sentimientos humanos más antiguos, y ya estaba hecho, lo que se había destruido no se podría reconstruir, igual que los añicos de una taza rota no podrían reensamblarse por sí solos; habían alcanzado su objetivo: no conocerían el amor en ningún momento de su vida. Eran libres.”
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Wow. Muy buen relato, me ha dado que pensar y eso me gusta.
Me quedo con esta parte en especial:
“… igual que la piedad según Nietzsche, nunca había sido otra cosa que una ficción inventada por los débiles para culpabilizar a los fuertes.”
Genial.
Un saludo!
me alegro, che. y bienvenido al blog
Extraña libertad esa de no sentir amor… ¿Qué nos queda entonces? ¿Nosotros mismos, solos, en un universo-espejo?
es una de las tensiones del libro.
y tambien cuando el otro es nada más que un espejo.
si-mismo y alteridad, siempre en tensión.
Que lindo escribes!!
Gracias por tu comentario en mi blog!
un cuento precioso, pero creo que no conocer el amor no te hace libre sino todo lo contrario…
saludos
Esta reflexión es increíble. Me llega en el momento idóneo. Compro.
Mastercard diría:
las reflexiones increibles, no tienen precio.