___________________ Algunos Escritos ____________________

La serpiente

Publicado en ::: Escritos míos, Audio, Relatos, imagenes por Fran en 5 Noviembre 2009

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La conocí en un bar. Me acuerdo de ella por el perfume de durazno y porque después de hablar cinco minutos me agarró la mano y me dijo: me gusta tu mano, porque tiene dedos grandes, pero la palma chiquita. El Ruso cuando nos presentó me había dicho que estaba medio loca. No sé si a ella le había dado de las pastillas que él estuvo repartiendo, en todo caso la mía todavía no hacía efecto. Una hora después de conocernos entrábamos a mi departamento. Revisé mentalmente y todo estaba correcto; el compact de Aretha Franklin, un vino en la mesada, preservativos en la cajita de arriba de la biblioteca. ¿Tomás algo?, le pregunté. No, mejor no mezclar ¿vos de dónde lo conocés al Ruso? De la vida, le respondí, el era amigo de un amigo y siempre nos conseguía material para las fiestas. Me gustan las fotos, ¿las sacás vos? Sí, le dije, en el cuarto hay más. ¿Me las mostrás? Cinco minutos después dábamos vueltas en la cama.

 

Un dedo y entrecorta la respiración. Su espalda, como una serpiente, hace curvas con cada cambio de aire. Ella sonríe y hace juegos con la lengua.

 

Dos dedos y el primer quejido, su mano agarra mi mano e intenta suavizar el movimiento. No la dejo. Con la mano que me queda libre le agarro el brazo y se lo corro hasta arriba de su cabeza, lo sostengo ahí para que no lo mueva.

 

Tres dedos y abre tanto los ojos que sus pupilas quedan solas en un espacio blanco. Despacio, que me hacés mal. ¿Despacio? ¿Qué despacio? ¿No era esto lo que querías?, yo empezaba a descontrolarme. Basta me hacés mal. Yo sabía que ella estaba jugando, en ningún momento trató de cerrar las piernas. No putita, vos quedate quietita que vas a ver que te va a gustar. Entonces me di cuenta que algo en el dialogo estaba mal y que el color de la frazada se realzaba, solo veía violeta y rojo. Sentí que tenía el cuerpo extraño y que podía seguir con el juego. El puño completo estaba adentro, ¿te sigue pareciendo que tengo la mano chiquita? Ella ya no me escuchaba, todo era líquido. Hubiera jurado que le agarré el estómago y se lo arranqué. Me lo hubiera comido si las líneas de la manta no me hubieran atrapado y dejado ahí, inmóvil entre franjas violetas, viendo como ella se convertía en una serpiente, como su sexo era en realidad la boca de esa serpiente que devoraba mi brazo casi hasta el hombro. Empecé a gritar. La serpiente se petrificó convirtiéndose en armadura para mi brazo en medio de un escape por un bosque japonés con cuarenta guerreros que rastreaban mi sombra. Yo escuchaba el ruido del bosque, las pisadas que me perseguían y de las que ya no podría escapar.

 

Me desperté y estaba sólo, pero la almohada tenía su olor.

 

Estás muerto

Publicado en ::: Escritos míos, Relatos, imagenes por Fran en 26 Octubre 2009

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Estás muerto. Cuatro muchachos acaban de tirarte al riachuelo. Dicen que la mierda flota. Un cardumen de palometas te mastica de a poco, sin apuro, primero tus parpados, después los labios y así con tus zonas blandas. Tu cadáver no tiene nada de especial entre los otros cadáveres.

 

El mar es otra cosa

Publicado en ::: Escritos míos, Relatos, imagenes por Fran en 15 Octubre 2009

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No había elegido mis mejores ropas. No había pensado durante cuatro horas si llevaba todo lo necesario, sin embargo estaba ahí, eran las cinco de la mañana y el colectivo a la costa estaba a punto de salir. Lo habíamos decidido una semana antes, Lucía estaba cansada de la oficina y me lo propuso: ¿y si nos vamos al mar? Hace mucho que no veo el mar. Las cosas entre nosotros eran así, no se pensaba mucho. Sabíamos que el otro nos quería y nada más.

Cuando llegamos al hotel, según Lucía de una estrella pegada con boligoma, nos dijeron que recién podíamos tener la habitación a las dos. Así que dejamos los bolsos y nos fuimos a la playa. Es verdad eso de que el mar es otra cosa. Cuando mirás el horizonte y sólo hay agua se te escurren las palabras, lo que intentas decir es siempre otra cosa. Ella también se quedaba sin poder decir nada, respiraba hondo y le brillaban los ojos. Nos quedamos ahí, tratando de explicarnos y se hicieron más de las dos. Era el tipo de felicidad que uno puede pretender.

Esa noche nos enamoramos los dos de una parejita que vimos en un bar. Ella tocaba la flauta y él cantaba: qué tan difícil es hacer una canción a una mujer que no se fue. Lucia anotaba todo en su libreta, sonreía y seguía escribiendo. Ella también era un mar.

 

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Tardes de invierno en El Bolsón

Publicado en ::: Escritos míos, Relatos, imagenes por Fran en 8 Octubre 2009

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Llovía y el agua lavaba la nieve que bajaba de la montaña. El río crecía armando canales que desbordaban su cauce normal. Días después un brusco descenso de las lluvias convertía los bordes del río en un campo minado de charcos llenos de truchas. Las pobres quedaban en esos piletones que se iban secando. Ellas no lo sabían, pero en caso de que nada cambiara se morirían ahí, secas. Entonces salíamos con mi hermano a buscar los piletones después de la crecida donde las truchas se escondían, medio perdidas. Llevábamos un balde azul que sacábamos del lavadero y nos pasábamos lo que quedaba del día en los charcos. Caminábamos entre las piedras y metíamos la mano abajo del agua, en algún agujero, en algún musgo. De repente sentías que tus dedos tocaban un cuerpo escurridizo, algo eléctrico que parecía dispararse. Ahí aprendimos a apretar la trucha por debajo de la cabeza y antes de la última aleta de abajo. Con eso las inmovilizábamos, las metíamos adentro del balde y una vez que juntábamos una cuantas las llevábamos de vuelta al río para devolverlas. Me acuerdo que perdíamos la noción del tiempo, podíamos estar toda la tarde salvando truchas, pensando lo necesaria que se había vuelto nuestra presencia para un montón de vidas. Cosa que confirmábamos al otro día cuando volvíamos a los piletones, ya secos, y veíamos el desastre. El olor a pescado podrido, la muerte dando vueltas. Y las peleas con mamá que no nos quería dejar salir con el resfrío que nos habíamos agarrado después de estar mojados todo el día y nosotros tratando de explicarle que dependían de nosotros, que teníamos que salvarlas antes de que se secara el agua de los piletones.

 

Eso que sangra

Publicado en ::: Escritos míos, Eso que sangra, Relatos, imagenes por Fran en 25 Septiembre 2009

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[Ir a la primera parte]

¿En qué pensás?, me preguntó ella, te siento como en otro cosa. En nada, le respondí, en que tenía ganas de verte, y seguimos caminando. Yo también tenía ganas de verte, me dijo, ¿te conté que con Martín se fue todo a la mierda? La escena se repetía, te dije que no quiero que me cuentes esas cosas. Ella me pidió que no me enoje, que no tenía ganas de pelear. ¿No podemos, simplemente, pasarla bien? me preguntó, y lo dijo con una sonrisa que hacía parecer que fuera posible. Se paró a acomodarse el zapato y yo me quedé masticando la pregunta.

Dos cuadras y seguía la sangre. Enfrente de una vieja puerta de madera, las que hasta ese momento eran gotas se convirtieron en un charco. Lo que fuera que estuviese sangrando había hecho una pausa enfrente de esa puerta. Agustina no le daba importancia a la sangre. Estaba empecinada en demostrar que nuestros encuentros ocurrían al azar, que yo no hacía otra cosa que provocarla y que siempre que dormíamos juntos era porque estábamos borrachos y no sabíamos lo que hacíamos. Yo ya no pude contenerme y le pregunté: ¿vos nos ves algún futuro a nosotros? Seguimos caminando en silencio.

Cinco cuadras de sangre, doblamos en la esquina, caminamos por la peatonal y a mitad de cuadra vimos un patrullero. La sangre iba derecho para ahí. Al principio no pude ver bien. A la vez no podía dejar de pensar en el silencio que se había armado entre nosotros. Llegamos a mitad de cuadra. Detrás del patrullero ví a un chico de unos doce años que giraba su cabeza para los costados y caminaba lento, claramente perdido. Lo seguían dos policías que le hablaban, pero sin tocarlo. El pibe iba en zigzag y de pronto se quedó quieto, un brazo doblado, la palma al cielo, la muñeca empapada de rojo y la otra mano intentando sostener el gesto de Padre por qué me has abandonado, el hilo de sangre llegando hasta él. ¡No mirés! Le dije a Agustina mientras la abrazaba. ¿Por qué? ¿Qué pasó? Ahora te cuento, pero no mirés. Entonces le dije que era un chico pobre, que seguramente estaba pasado de Poxiran, que no podía sacarme la imagen de la retina, le conté de los policías que trataban de hablarle desde lejos, que no sabían qué hacer, que tenían menos idea que el pibe. Seguimos caminando y vimos cómo la ambulancia entraba andando por la peatonal. Yo ya no podía pensar en nosotros, en lo que nos pasó.