___________________ Algunos Escritos ____________________

Tardes de invierno en El Bolsón

Publicado en ::: Escritos míos, Relatos, imagenes por Fran en 8 Octubre 2009

imagen

Llovía y el agua lavaba la nieve que bajaba de la montaña. El río crecía armando canales que desbordaban su cauce normal. Días después un brusco descenso de las lluvias convertía los bordes del río en un campo minado de charcos llenos de truchas. Las pobres quedaban en esos piletones que se iban secando. Ellas no lo sabían, pero en caso de que nada cambiara se morirían ahí, secas. Entonces salíamos con mi hermano a buscar los piletones después de la crecida donde las truchas se escondían, medio perdidas. Llevábamos un balde azul que sacábamos del lavadero y nos pasábamos lo que quedaba del día en los charcos. Caminábamos entre las piedras y metíamos la mano abajo del agua, en algún agujero, en algún musgo. De repente sentías que tus dedos tocaban un cuerpo escurridizo, algo eléctrico que parecía dispararse. Ahí aprendimos a apretar la trucha por debajo de la cabeza y antes de la última aleta de abajo. Con eso las inmovilizábamos, las metíamos adentro del balde y una vez que juntábamos una cuantas las llevábamos de vuelta al río para devolverlas. Me acuerdo que perdíamos la noción del tiempo, podíamos estar toda la tarde salvando truchas, pensando lo necesaria que se había vuelto nuestra presencia para un montón de vidas. Cosa que confirmábamos al otro día cuando volvíamos a los piletones, ya secos, y veíamos el desastre. El olor a pescado podrido, la muerte dando vueltas. Y las peleas con mamá que no nos quería dejar salir con el resfrío que nos habíamos agarrado después de estar mojados todo el día y nosotros tratando de explicarle que dependían de nosotros, que teníamos que salvarlas antes de que se secara el agua de los piletones.

 

Eso que sangra

Publicado en ::: Escritos míos, Eso que sangra, Relatos, imagenes por Fran en 25 Septiembre 2009

imagen
[Ir a la primera parte]

¿En qué pensás?, me preguntó ella, te siento como en otro cosa. En nada, le respondí, en que tenía ganas de verte, y seguimos caminando. Yo también tenía ganas de verte, me dijo, ¿te conté que con Martín se fue todo a la mierda? La escena se repetía, te dije que no quiero que me cuentes esas cosas. Ella me pidió que no me enoje, que no tenía ganas de pelear. ¿No podemos, simplemente, pasarla bien? me preguntó, y lo dijo con una sonrisa que hacía parecer que fuera posible. Se paró a acomodarse el zapato y yo me quedé masticando la pregunta.

Dos cuadras y seguía la sangre. Enfrente de una vieja puerta de madera, las que hasta ese momento eran gotas se convirtieron en un charco. Lo que fuera que estuviese sangrando había hecho una pausa enfrente de esa puerta. Agustina no le daba importancia a la sangre. Estaba empecinada en demostrar que nuestros encuentros ocurrían al azar, que yo no hacía otra cosa que provocarla y que siempre que dormíamos juntos era porque estábamos borrachos y no sabíamos lo que hacíamos. Yo ya no pude contenerme y le pregunté: ¿vos nos ves algún futuro a nosotros? Seguimos caminando en silencio.

Cinco cuadras de sangre, doblamos en la esquina, caminamos por la peatonal y a mitad de cuadra vimos un patrullero. La sangre iba derecho para ahí. Al principio no pude ver bien. A la vez no podía dejar de pensar en el silencio que se había armado entre nosotros. Llegamos a mitad de cuadra. Detrás del patrullero ví a un chico de unos doce años que giraba su cabeza para los costados y caminaba lento, claramente perdido. Lo seguían dos policías que le hablaban, pero sin tocarlo. El pibe iba en zigzag y de pronto se quedó quieto, un brazo doblado, la palma al cielo, la muñeca empapada de rojo y la otra mano intentando sostener el gesto de Padre por qué me has abandonado, el hilo de sangre llegando hasta él. ¡No mirés! Le dije a Agustina mientras la abrazaba. ¿Por qué? ¿Qué pasó? Ahora te cuento, pero no mirés. Entonces le dije que era un chico pobre, que seguramente estaba pasado de Poxiran, que no podía sacarme la imagen de la retina, le conté de los policías que trataban de hablarle desde lejos, que no sabían qué hacer, que tenían menos idea que el pibe. Seguimos caminando y vimos cómo la ambulancia entraba andando por la peatonal. Yo ya no podía pensar en nosotros, en lo que nos pasó.

 

Eso que sangra

Publicado en ::: Escritos míos, Eso que sangra, Relatos, imagenes por Fran en 15 Septiembre 2009

imagen

Era viernes a la noche. Yo estaba esperándola en un bar en el que sonaba una banda horrible. El punk no fue hecho para agradar, dijo el cantante y los quince pibes que estaban adelante lo festejaron. Agustina no había aceptado que la pasara a buscar, nos vemos directamente ahí, me había dicho. Ella sabía lo que yo odiaba esperar en los bares, pero bueno, las cosas entre nosotros siempre fueron complicadas. Con Agustina habíamos sido novios durante tres años y hace uno decidimos cortar, pero de vez en cuando nos volvíamos a ver. En general no hacíamos más que recriminarnos las cosas que no habíamos hecho por el otro. Eso y tener sexo. Pero lejos de pensar que era una vuelta atrás, un mambo oscuro que se revolvía, yo estaba seguro de que esos encuentros me hacían bien. Trataba de confirmar mi teoría de que la mejor manera de perder a una mujer es cojérsela repetidas veces. Que en el ida y vuelta de los cuerpos se muestra claramente que no es posible que la cosa encaje, que el muchacho que creía en las dos mitades estaba horriblemente equivocado. La memoria de los cuerpos, me había dicho tantas veces, intentando no culparme por lo que hacía.

Agustina llegaba tarde. La chica de la barra me cobró quince pesos un vasito de plástico que supuestamente tenía Gancia y en realidad era sólo limón y dos hielos enormes. Por lo menos está frío, pensé. Me di vuelta y la ví entrar, caminó tres pasos y me vió. Cuando estaba llegando a la mesa se chocó con una silla, estaba claramente borracha. Qué manera de empezar, le dije. Nosotros ya empezamos hace mucho, me respondió. El humor no lo había perdido. Ella se sentó, hablamos un rato y le dije: vamos para casa, ¿dale? Por supuesto las cosas no serían tan fáciles. Ella le había dicho a una amiga que se verían en el bar, se puso a llamarla pero no la encontraba, quiso tomar un trago y terminó en el baño, no estaba tan mal como para vomitar, pero estuvo un buen rato. Cuando volvió tenía los ojos pintados y detrás una mirada triste. ¿Estuviste llorando?, le pregunté. No, ¿qué decís? Vamos si querés.

Salimos del bar y caminamos un par de cuadras. Ella me estaba contando del trabajo y yo miré al piso. Gotas de sangre. Pensé en mi perra, en las gotitas casi rojas por todo el piso de la cocina, en el caminito rosado que le mostraba que no iba a procrear. Pero mire de vuelta y me dí cuenta de que no era igual. Esto era sangre, densa, una gota al lado de la otra. Lo que fuera que estuviese sangrando lo hacía a un ritmo problemático.

 

[Ir a la segunda parte]

 

Etiquetado con:, , ,

Desayuno con medialunas

Publicado en ::: Escritos míos, Relatos, imagenes por Fran en 1 Septiembre 2009

imagen

Cada dos por tres Agustín se levanta y llora. No sabe por qué. Simplemente abre los ojos, lo inunda una sensación de sequedad y después comienza a lagrimear inescrupulosamente. Estuvo un tiempo preocupado hasta que habló con un medico y éste le dijo que no era el único caso. Que a veces ocurría en los hombres de cierta edad, que al parecer tenía que ver no entendió bien con qué hormona.
Esa mañana Agustín volvió a llorar. A decir verdad, ya estaba bastante acostumbrado y era perfectamente capaz de prepararse el desayuno sin que el lagrimear lo interrumpa.

Del otro lado de la ciudad una nena se levanta del piso después de un tropezón y llora. Julia le dice: dale, dale que no pasó nada. ¿Qué, te vas a pasar toda la vida llorando? La nena se levanta y le saca la lengua. Mi mamá no te paga para que te burles de mí, le dice la nena mientras se sienta a la mesa en la que la espera un desayuno servido.

Agustín y Julia miran televisión, cada uno en su lado de la ciudad. Ciento noventa y ocho muertos y ningún preso, reza el titular. Estos músicos son un desastre, piensa Agustín. Estos jueces son un papelón, dice Julia. Son todos unos hijos de puta, exclaman los dos al mismo tiempo.

Agustín camina por la peatonal y necesita sentirse sólo, entonces mira para arriba. No hay nada. O como le gusta pensar a él, hay nada. Por eso siempre le gustaron los techos altos, los departamentos lo oprimen, con su incapacidad de mostrar el vacío. ¡Cuidado pibe! ¿Por qué no te fijás por donde caminás?, le dice de pronto un señor que estuvo a punto de chocárselo. Él ni se molesta en contestar. Agustín vive en un monoambiente.

Es de noche y Agustín y Julia salen al mismo bar. Ella con su grupito de amigas, él con la gente del laburo. Es uno de esos lugares donde la gente se dedica a caminar de un lado a otro toda la noche. Un grupito de osados intenta bailar, aunque el lugar no fue pensado para eso. Uno de los compañeros de Agustín intenta sacar a bailar a una de las amigas de Julia, pero ésta declina la oferta. En determinado momento de la noche lo habitantes del bar, sumidos en el alcohol que ya inundó hasta el piso, organizan un trencito. Julia va seis personas delante de Agustín, pero él nunca la ve. Que buena está la fiesta, comenta a los gritos un amigo de Agustín, lástima las minas. Agustín sólo sonríe, los cuatro Gintonic han hecho estragos con su persona. Igual, yo a esta hora ya me voy con cualquiera, confiesa el muchacho. Agustín se tapa la boca y encara para el baño.

¡Que lindo lugar! Le dice a Julia una de sus amigas. Sí, lástima que los flacos sean unos pelotudos ¿Todavía no entienden que apoyando y apoyando no van a levantar nunca nada? Julia se sienta en una mesa ubicada en la esquina del bar, sabe que la noche está perdida. Me quedo un ratito más por las chicas, pero en media me voy, piensa mientras mira con cara de orto al flaco que intenta sentarse en su mesa.

A la mañana siguiente Agustín se encuentra con su heladera vacía y baja a la calle. Cinco pesos la docena de medialunas recién horneadas, se lee en el cartel de la esquina. Esto es un regalo, piensa él. Todavía no sabe bien cómo llegó a su casa pero tiene un hambre que es capaz de comerse la docena él sólo.

Julia se despierta con los ruidos de sus dos amigas que repasan la noche anterior. Finalmente habían decidido dormir las tres en la casa de una de ellas que vive cerca del bar, igual que lo hicieron durante toda la secundaria. Cuando se levantó las dos amigas se rieron y dijeron a coro: ¡Julia te toco ir a comprar las medialunas! Julia se enfureció pero sabía las reglas, la última que se levanta compra las facturas para el desayuno.

Julia y Agustín se chocan en la entrada de la panadería. Él se disculpa, pero vuelven a chocarse al pasar por la puerta. Parece que fue una noche dura para varios, dice él mientras la mira de reojo. Ella lo mira y con una sonrisa sarcástica le responde: la verdad que para llorar. Eh, no vas a estar llorando por cualquier cosa, dice él. Ella sonríe y antes de que pueda responder los interrumpe el panadero: ¿quién estaba primero? Les comento que sólo me queda la última docena de medialunas.

Ver más Relatos

Medias naranjas

Publicado en ::: Escritos míos, Relatos por Fran en 22 Julio 2009

imagen

Hoy me levanté y no pude encontrar mis medias naranjas. Di vuelta toda la cama pero no hubo caso, no pude encontrarlas. Buenos Aires me obligó a hacerlo de nuevo: odio dormir con medias, pero dormir en un departamento prestado me impide exigir una frazada más. Y anoche hacía tanto frío.
Cerca de las cuatro -yo apenas me estaba levantando- sonó el celular. Numero desconocido. Hola. Hola ¿cómo andas? ¿Quién es? ¿Cómo quién es? Yo no llegaba a identificar la voz. Laura, boludo, quién va a ser. Laura… ¿cómo andas? Acá ando, quería saber en qué andabas. ¿Cuánto tiempo no? Laura tiene una predilección por las llamadas inesperadas. Ahora estoy en Buenos Aires, me vine unos días, le respondí. Hubo un silencio y luego ella dijo con una voz frágil: acá llueve, siempre que llueve pienso en vos.
Laura fue alguien importante para mí. Era ella quién tenía la costumbre de dormir con medias. A mí siempre me pareció un desperdicio, que la sangre no circula bien, que cuanto más desnudo uno entra en la cama, más calor tiene. Pero desde que nos separamos, algunas noches, sobre todo en invierno, sobre todo cuando llueve, me pongo las medias naranjas que ella me regaló. No tengo ninguna intención de volver con Laura, las cosas se complicaron hace tiempo entre nosotros y esa situación no tiene vuelta atrás. Pero en las noches de invierno, de frió, duermo con sus medias. Al menos hasta ayer.

 

Ver más Relatos

Etiquetado con:, , ,