Luisa Calcumil y Lila Downs

La vida es celebración leí que dijo Luisa Calcumil y la frase me quedó atragantada. Era martes a la noche, tipo once, y decidí salir a andar en bicicleta. Se acercaba una tormenta. Sin tener mucha idea de adónde iba me dediqué a pedalear y a ver los relámpagos. En el Bolsón, las tormentas venían sin rayos. Uno se acostumbraba a una lluvia tranquila y a lo mucho que podía aspirar era a la nieve. Pero ahora era distinto, el refucilo venía avanzando desde el fondo de la calle. Siempre me gustaron las noches de tormenta. Entonces me acordé, como una estantería que se cae pero al revés, de dónde conocía a la señora de la foto. Esa cara de india de quinientos años, esa sonrisa joven. Luisa Calcumil, sabía que el nombre me sonaba de algún lado. Yo debía tener seis años y habíamos ido con mi familia a un recital en la escuela ciento cuarenta. En el Bolsón las actividades culturales eran algo que uno no podía desaprovechar. Ahí estaba yo, sentado en una sillita de escuela, mirando a la gente a mí alrededor y a esa mujer vestida con un poncho que hacía un número cómico. Después sabría que también era una forma de hacer crítica social. Me acuerdo que la mujer hablaba sobre los colores de la bandera mapuche y se quejaba de que los brutos pensaban que por ser azul y amarilla los mapuches eran de boca. Nos contó qué significaban esos colores vivos y del peligro de aquellos que querían poner el negro en la bandera. Supongo que me quedó grabado porque yo era de boca, o porque aprendí que el negro no es un color o simplemente porque era una mujer con poncho. No lo entiendo bien pero sé que por alguna cuestión todavía guardo la escena.
Me acabo de dar cuenta de que dejé a mi personaje solo, pedaleando en la tormenta y que releyendo “tipo once” no pega con “después sabría”, además no estoy seguro que se entienda eso de que la estantería se cae, pero al revés.
Me empecé a mojar. En la deriva de pensar en mi niñez me distraje y la tormenta se me vino encima. Mejor, es un poco ridículo ver como la gente se desespera y sale corriendo ante la segunda gota de agua, como si lo que hubiese adelante fuera distinto. A mí siempre me gustó ese instante en el que uno está tan mojado que se olvida de la lluvia, ese momento en que uno sabe que lo que viene es más agua, pero lo acepta con alegría, casi como un juego. Me gusta la imagen. Casi como un juego. Cuando vuelva la voy a escribir. Y ahí está de vuelta el tipo en medio de la tormenta, tratando de convencerse de que eso es lo que quiere de su vida y sólo piensa en que cuando vuelva lo va a escribir. Idiota. Las ruedas de la bicicleta levantan agua. Es un peligro la velocidad a la que pasan los autos, el poco decoro con el que doblan en las esquinas y mojan a la gente, ya mojada, que espera el colectivo. Se me ocurrió irme al parque y ver desde el balcón que se arma al borde del río cómo iba avanzando la tormenta. Pero ya era demasiado tarde, yo estaba empapado y pensé que sería mejor darme una ducha y escuchar mi compact nuevo de Lila Downs. Entonces entendí. Se me ocurrió que Luisa Calcumil y Lila Downs se parecen: ambas tienen raíces indígenas, se les nota en la piel los quinientos años de atrocidades, pero ninguna de las dos cayó en clásica posición no hay nada que festejar. Las dos, quizás Lila Downs de un modo más moderno, logran con lo que hacen un grito afirmativo, una manera de pararse frente a un mundo que les dice: mujeres, indias, vagas, feministas. Me di cuenta de que me gustan las dos, cada una a su manera y tuve la sensación de que entendía por qué había estado todo el día repitiendo “la vida es celebración.” Yo, bajo la lluvia, con esa alegría inentendible que ahora describo y no es lo mismo, seguí sin saber qué estaba celebrando. Pero ya no importaba. Entré a casa, me saqué la ropa empapada, puse el compact de Lila Downs que me habían regalado y me di una ducha bien caliente.
La serpiente

La conocí en un bar. Me acuerdo de ella por el perfume de durazno y porque después de hablar cinco minutos me agarró la mano y me dijo: me gusta tu mano, porque tiene dedos grandes, pero la palma chiquita. El Ruso cuando nos presentó me había dicho que estaba medio loca. No sé si a ella le había dado de las pastillas que él estuvo repartiendo, en todo caso la mía todavía no hacía efecto. Una hora después de conocernos entrábamos a mi departamento. Revisé mentalmente y todo estaba correcto; el compact de Aretha Franklin, un vino en la mesada, preservativos en la cajita de arriba de la biblioteca. ¿Tomás algo?, le pregunté. No, mejor no mezclar ¿vos de dónde lo conocés al Ruso? De la vida, le respondí, el era amigo de un amigo y siempre nos conseguía material para las fiestas. Me gustan las fotos, ¿las sacás vos? Sí, le dije, en el cuarto hay más. ¿Me las mostrás? Cinco minutos después dábamos vueltas en la cama.
Un dedo y entrecorta la respiración. Su espalda, como una serpiente, hace curvas con cada cambio de aire. Ella sonríe y hace juegos con la lengua.
Dos dedos y el primer quejido, su mano agarra mi mano e intenta suavizar el movimiento. No la dejo. Con la mano que me queda libre le agarro el brazo y se lo corro hasta arriba de su cabeza, lo sostengo ahí para que no lo mueva.
Tres dedos y abre tanto los ojos que sus pupilas quedan solas en un espacio blanco. Despacio, que me hacés mal. ¿Despacio? ¿Qué despacio? ¿No era esto lo que querías?, yo empezaba a descontrolarme. Basta me hacés mal. Yo sabía que ella estaba jugando, en ningún momento trató de cerrar las piernas. No putita, vos quedate quietita que vas a ver que te va a gustar. Entonces me di cuenta que algo en el dialogo estaba mal y que el color de la frazada se realzaba, solo veía violeta y rojo. Sentí que tenía el cuerpo extraño y que podía seguir con el juego. El puño completo estaba adentro, ¿te sigue pareciendo que tengo la mano chiquita? Ella ya no me escuchaba, todo era líquido. Hubiera jurado que le agarré el estómago y se lo arranqué. Me lo hubiera comido si las líneas de la manta no me hubieran atrapado y dejado ahí, inmóvil entre franjas violetas, viendo como ella se convertía en una serpiente, como su sexo era en realidad la boca de esa serpiente que devoraba mi brazo casi hasta el hombro. Empecé a gritar. La serpiente se petrificó convirtiéndose en armadura para mi brazo en medio de un escape por un bosque japonés con cuarenta guerreros que rastreaban mi sombra. Yo escuchaba el ruido del bosque, las pisadas que me perseguían y de las que ya no podría escapar.
Me desperté y estaba sólo, pero la almohada tenía su olor.
Estás muerto

Estás muerto. Cuatro muchachos acaban de tirarte al riachuelo. Dicen que la mierda flota. Un cardumen de palometas te mastica de a poco, sin apuro, primero tus parpados, después los labios y así con tus zonas blandas. Tu cadáver no tiene nada de especial entre los otros cadáveres.
El mar es otra cosa

No había elegido mis mejores ropas. No había pensado durante cuatro horas si llevaba todo lo necesario, sin embargo estaba ahí, eran las cinco de la mañana y el colectivo a la costa estaba a punto de salir. Lo habíamos decidido una semana antes, Lucía estaba cansada de la oficina y me lo propuso: ¿y si nos vamos al mar? Hace mucho que no veo el mar. Las cosas entre nosotros eran así, no se pensaba mucho. Sabíamos que el otro nos quería y nada más.
Cuando llegamos al hotel, según Lucía de una estrella pegada con boligoma, nos dijeron que recién podíamos tener la habitación a las dos. Así que dejamos los bolsos y nos fuimos a la playa. Es verdad eso de que el mar es otra cosa. Cuando mirás el horizonte y sólo hay agua se te escurren las palabras, lo que intentas decir es siempre otra cosa. Ella también se quedaba sin poder decir nada, respiraba hondo y le brillaban los ojos. Nos quedamos ahí, tratando de explicarnos y se hicieron más de las dos. Era el tipo de felicidad que uno puede pretender.
Esa noche nos enamoramos los dos de una parejita que vimos en un bar. Ella tocaba la flauta y él cantaba: qué tan difícil es hacer una canción a una mujer que no se fue. Lucia anotaba todo en su libreta, sonreía y seguía escribiendo. Ella también era un mar.









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