___________________ Algunos Escritos ____________________

Mujer triste con una taza de té

Publicado en Otros, Poesia por Fran en 31 Octubre 2009

Por Astromelia

 

Detrás del humo
entre el cabello y los zapatos
sucede una mujer,

detrás de la mujer que posa
enfundada en un vestido
con pálidos volados
y botones
que multiplican la presencia de sus ojos.

 

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Esta es mi canción para vos

Publicado en Otros, Poesia por Fran en 21 Septiembre 2009

Por Mariano Martín

 

Esta es mi canción para vos
por la mañana que llegó
por el día que partió
por la lluvia y el fogón
por el café.
Esta es mi canción para vos
por el mañana y el ayer
por aquel amanecer
porque esperamos volver
porque hoy me voy.
Porque mañana no estaré
Para jugar a ser feliz
para charlar para reír.
Porque quizás me encontrarás
en una foto en un papel
en una noticia que tenés de mí.
Y sé también que a lo mejor
Me voy a preguntar
Que fue lo que pasó con aquel sol.

 

Historia del ojo

Publicado en Otros, Prosa por Fran en 1 Agosto 2009

Por Georges Bataille

 

A muchos el universo les parece honrado; las gentes honestas tienen los ojos castrados. Por eso temen la obscenidad. No sienten ninguna angustia cuando oyen el grito del gallo ni cuando se pasean bajo un cielo estrellado. Cuando se entregan “a los placeres de la carne”, lo hacen a condición de que sean insípidos.
Pero ya desde entonces no me cabía la menor duda: no amaba lo que se llama “los placeres de la carne” porque en general son siempre sosos; sólo amaba aquello que se califica de “sucio”. No me satisfacía tampoco el libertinaje habitual, porque ensucia sólo el desenfreno y deja intacto, de una manera u otra, algo muy elevado y perfectamente puro. El libertinaje que yo conozco mancha no sólo mi cuerpo y mi pensamiento, sino todo lo que es posible concebir, es decir, el gran universo estrellado que juega apenas el papel de decorado.

 

El próximo beso

Publicado en Otros, Prosa por Fran en 5 Julio 2009

Por Alejandro Caponi

 

Peleo con mis ojos, que se niegan a enfocar la ruta, y pienso en los caprichosos acontecimientos de las últimas 36 horas. Me duele la cabeza, me duele la cintura. Enero en Corrientes, hace calor y las lluvias, desde tanto tiempo atrás, que se mueven en sentido exactamente inverso a mi conveniencia. Este ahogo no es caprichoso. Ayer, más o menos a esta hora, llegué a mi trabajo en la embotelladora de soda. Mal dormido me enteré que un camión que traía una máquina desde Porto Alegre estaba parado a la salida de Paso de los Libres. El camionero se había calentado con un gendarme, lo puteó (según me contó muy orgulloso le vomitó: “negro hijo de puta porque no me chupan la pija vos y los otros putos que están ahí”) y todos quedaron detenidos: camionero, camión y máquina. Casi lo mismo le quise decir yo al Sodero, tal vez cambiando el negro por un judío, cuando me ordenó “Gringo, agarrate el Corsita y fijate de arreglar este quilombo. Hacete acompañar por el pibe nuevo”. El Corsita, una lenta babosa a GNC sin aire acondicionado, el pibe nuevo un gordo inútil que mandaba mensajes de texto con las dos manos, usando solo los pulgares y 800 kilómetros por delante después de una muy mala noche.

A pocas cuadras de la fábrica vive una compañera de la escuela secundaria. A sus 17 todos correteábamos, alzados y patéticos, tras su culo tan duro y tetas tan redondas. Yo la quise, ella no. Quiso a varios pero a mi no. Con el tiempo aprendí a aceptar los hechos y fuimos bastante amigos pero, a intervalos extrañamente regulares, aun soñaba con ella. La lógica de aquellos sueños era curiosa, capítulos hilvanados. En el primero, al menos yo lo suponía como tal, ella desnuda, apenas tapada por la camisa blanca que usaba en el colegio y su lengua, precisa, rigurosa. Al tiempo, cuando volvía a mis sueños, podía sentir su culo, tan duro como siempre chocando, rítmico, contra mi vientre. Ya no había camisa y, desde atrás y con ambas manos, jugaba con sus tetas, tan redondas como siempre. Se extinguía, pero alguna noche retornaba. Ya dije que sus intervalos eran regulares. Arrodillada, nuevamente su lengua y yo me iba, espeso y caliente, sobre su cara. Nada parecía incomodarla. Ahora, sentados en el bar de una estación de servicio me cuenta que su marido, del que se divorció hace un par de años, no le pasa suficiente plata y que no le resulta fácil mantener la casa y sus dos hijos. Yo le miro el escote, sus tetas han soportado más que bien el paso del tiempo y, pienso, razonablemente aun pueden ser pasto de mis fantasías nocturnas. Creo que ahí sentados, los dos, apenas tratamos de pellizcar algo de los lejanos días de gloria, yo atajaba penales y ella la protagonista excluyente de nuestra fiebre. Al levantarse para volver a su casa me besa en la boca. Después desaparece. A intervalos regulares, volverá.

A las cuatro de la mañana me despierto. No hay luz y no tengo fuerzas para putear a la EPE y sus cortes “por exceso de demanda”. Hace calor, no hay aire, ni ventilador ni nada. Tengo la frente empapada. Camino al baño. La puerta entreabierta y el difuso resplandor de las velas que va y viene. Abro. Una amiga de mi hija, rubia, desnuda, mojada, eventualmente virgen, está parada sobre una toalla. Me mira y no puedo saber si algo la sorprende. No tiene más de 17. Con ambas manos se tapa las tetas y no hace más que realzar su perfección. No se si bajo la vista o la recorro. Su piercing en el ombligo, el delfín tatuado un poco más arriba de su pubis casi totalmente depilado. Vuelvo a la cama. Ya no podré dormir.

Un novillo, el aburrimiento del que sabe que va a morir, me mira desde un camión jaula. Intento dejarlo atrás. Vamos a 40. El Corsa hierve, se funde en la doble raya amarilla. El Gordo estira su brazo a la radio. Sin mirarlo (mis ojos gambetean la frase atrás del acoplado “Nao e prisa, e saudade”) le ordeno “ni se te ocurra” y, transpuesto, vuelve a la algo reclinada butaca de acompañante. Bajo a segunda y acelero, el auto tose y yo puteo “… judío de mierda, el gas es para la cocina…” Voy entre los novillos y un perro muerto que se pudre en la banquina.

En Paso de los Libres, cerca de la aduana, cien metros a un costado del A.C.A. hay un puticlub. Después de conciliar con los gendarmes y devolver el camión a la ruta quiero tranquilizarme. El camionero trepado al estribo del Scania, calco de los Guns en el centro del parabrisas, alardeando “un rato más ahí dentro y me los garcho a todos esos tobas de mierda”, el beso en la estación de servicio, el delfín tatuado en el pubis tan bien depilado de la amiga de mi hija. Pido un Fernet con Coca y arreglo que el Gordo suba al escenario. Una puta vieja y estropeada le baja los pantalones y se la empieza a chupar. Excepto la verga tiene todo duro. Desde la oscuridad alguien ladra “bombeá gordo”. “Metele un dedo en el culo que le gusta”, grito y me pregunto cuando será el próximo beso.

El hormigón de la ruta es un espejo. El sol parece estar atado al techo del Corsa. El hilo es corto. Me aburro. Bajo el asiento tanteo el 38 Special que siempre llevo conmigo. Miro al Gordo tan somnoliento. Apoyo el caño sobre su sien izquierda y gatillo. El tambor vacío gira y el percutor pega un chasquido seco. Me río y le digo al Gordo, una masa fofa, transpirada y contorsionada, los ojos tan abiertos, “como te cagaste hijo de puta”.

 

Fortín Paraguay, Junio de 2009

Fragmentos de un discurso amoroso: el abrazo

Publicado en Otros por Fran en 24 Junio 2009

Por Roland Barthes

 

1. Fuera del acoplamiento (¡al diablo, entonces, lo imaginario!), hay ese otro abrazo que es un enlazamiento inmóvil: estamos encantados, hechizados: estamos en el sueño, sin dormir; estamos en la voluptuosidad infantil del adormecimiento: es el momento de las historias contadas, el momento de la voz, que viene a fijarme, a dejarme atónito, es el retorno a la madre ( “en la calma tierna de tus brazos”, dice una poesía musicalizada por Duparc). En este incesto prorrogado, todo está entonces suspendido: el tiempo, la ley, la prohibición; nada se agota, nada se quiere: todos los deseos son abolidos, porque parecen definitivamente colmados.

2. Sin embargo, en medio de este abrazo infantil, lo genital llega infaltablemente a surgir; corta la sensualidad difusa del abrazo incestuoso; la lógica del deseo se pone en marcha, el querer-asir vuelve, el adulto se sobreimprime al niño. Soy entonces dos sujetos a la vez: quiero la maternidad y la genitalidad. (El enamorado podría definirse como un niño que se tensa: tal era el joven Eros.)

3. Momento de la afirmación; durante cierto tiempo, ha llegado a un fin, se ha desquiciado, algo se ha logrado: he sido colmado (todos mis deseos abolidos por la plenitud de su satisfacción): la saciedad existe, y no me daré tregua hasta hacer que se repita: a través de todos los meandros de la historia amorosa me obstinaré en querer reencontrar, renovar, la contradicción -la contracción- de los dos abrazos.