16. Ir hasta el extremo es quedarse sin lugar
Por Roberto Juarroz
Ir hasta el extremo es quedarse sin lugar,
porque el extremo no es un lugar,
y quien fue al extremo
no puede ya retroceder.
Ir hasta el extremo consiste precisamente
en hallar la imposibilidad del regreso.
O quizá tan sólo
La imposibilidad.
Y lo imposible no necesita lugar.
Defensa de la alegría
Por Mario Benedetti
(Hoy, por aquello)
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos
defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres
defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y de la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa
defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría
34. Callar en algún sitio de uno mismo
Por Roberto Juarroz
Callar en algún sitio de uno mismo
y callar en algún sitio de otro,
para que el amor no cambie de nombre.
Y callar también
donde ya no hay más sitio.
Mi balcón
Por Carolina Musa
Calentador eléctrico.
Plato de loza blanco.
Maceta de barro sin planta.
Madera de Bolsón.
Uno arriba de otro no en este orden sino
a la inversa:
Madera de Bolsón sobre
Maceta de barro sin planta sobre
Plato de loza blanco sobre
Calentador eléctrico.
Atrás el esqueleto de una silla tonet.
Arriba la soga con broches de colores.
A la derecha un banco de trabajo.
A la izquierda un cactus patagónico anciano,
único espécimen que resiste
la insistencia inanimada de mi
balcón,
con su horizonte amputado en el ventanuco
del baño de los vecinos.
Por último
Por Raul Gustavo Aguirre
Haber dejado una moneda de fuego en la mano de otro,
haber atado ciertos hilos de amor y resplandor,
haber perdido algo
al salir de la casa vacía.
Haber estado. Haber acompañado,
haber estado complicado con el viento que siempre tiene razón,
con la tierra y el agua y con la hierba que siempre tienen razón.
No haber cumplido años lejos de sí mismo,
no importa si de rodillas o en medio del pantano pero cerca de sí,
o entre asuntos pendientes o torcidos desde el comienzo,
pero masticados con tus dientes.
No importa ser un objeto más o menos clasificable despreciable por los que deciden,
no importa ser superado, masacrado, tergiversado, desmentido,
con todo eso se hace la verdad.
No importa ser interrumpido
si estás al pie del árbol gigante en el día sin fin,
al pie del árbol de piedras preciosas del sueño que sólo pertenece a los hombres,
y si has podido hablar con esas piedras
y acompañar hasta su casa a alguien
en un momento duro de la noche (y vivía tan lejos).
No importa que no haya solución para nadie ni perdón para nadie,
ni si al fin estás solo en las salinas de la madrugada
haciendo todo lo posible para que salga el sol,
para que esos rostros queridos no se hundan en los rápidos de la nada
que acecha tanta maravilla.






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