___________________ Algunos Escritos ____________________

La posibilidad de una isla

Publicado en Houellebecq, Prosa por Fran en 30 Junio 2009

Por Michel Houellebecq

 

Daniel 1, 28

Estamos en septiembre, los últimos veraneantes están a punto de marcharse; y con ellos las últimas tetas, los últimos felpudos, los últimos micromundos a mi alcance. Me espera un otoño interminable, seguido por un invierno sideral; y esta vez he terminado realmente mi labor, he superado los ultimísimos minutos, mi presencia aquí ya no está justificada; no quedan relaciones u objetivos posibles. Sin embargo hay algo, algo espantoso que flota en el espacio y parece querer acercarse. Antes de toda tristeza, antes de toda pena o de toda falta claramente definible, hay otra cosa, que se podría llamar el terror puro del espacio. ¿En eso consistía la última fase? ¿Qué había echo yo para merecer ese destino? ¿Y qué habían hecho, en general, los hombres? Ya no siento odio dentro de mi, ni nada a que agarrarme: ni referencia, ni indicio; el miedo esté ahí, verdad de todas las cosas, en todo igual al mundo observable. Ya no hay mundo real, mundo sentido, mundo humano: he salido del tiempo, ya no tengo ni pasado ni futuro, ya no tengo ni tristeza ni proyecto, ni nostalgia, ni abandono ni esperanza; ya sólo queda el miedo.

 

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La posibilidad de una isla

Publicado en Houellebecq, Prosa por Fran en 25 Mayo 2009

Por Michel Houellebecq

 

Daniel 1,20
A Isabelle no le gustaba el placer, pero a Esther no le gustaba el amor, no quería estar enamorada, rechazaba ese sentimiento de exclusividad, de dependencia, y toda su generación lo rechazaba con ella. Deambulé entre ellos como una especie de monstruo prehistórico con mis necedades románticas, mis apegos, mis cadenas.

Para Esther, como para todas las chicas de su generación, la sexualidad no era más que un divertimento placentero, guiado por la seducción y el erotismo, que no conllevaba ninguna implicación sentimental especial.; seguramente el amor, igual que la piedad según Nietzsche, nunca había sido otra cosa que una ficción inventada por los débiles para culpabilizar a los fuertes, para imponer límites a su libertad y su ferocidad naturales. Las mujeres habían sido débiles, en especial a la hora de parir, en sus comienzos necesitaban vivir bajo la tutela de un protector poderoso, y a tal efecto habían inventado el amor, pero en la actualidad se habían vuelto fuertes, eran independientes y libres, habían renunciado tanto a inspirar como a experimentar un sentimiento que ya no tenía ninguna justificación concreta.

El proyecto milenario masculino, perfectamente expresado en nuestra época por las películas pornográficas, consistente en despojar la sexualidad de toda connotación afectiva para devolverla al campo de la pura diversión, había conseguido realizarse por fin en esta generación. Lo que yo sentía, esos jóvenes no podían ni sentirlo ni comprenderlo exactamente, y si hubieran podido habrían experimentado una especie de incomodidad, como ante algo ridículo y un tanto vergonzoso, como ante un estigma de tiempos más antiguos.

Tras décadas de condicionamiento y de esfuerzos, por fin habían conseguido extirpar de su corazón uno de los sentimientos humanos más antiguos, y ya estaba hecho, lo que se había destruido no se podría reconstruir, igual que los añicos de una taza rota no podrían reensamblarse por sí solos; habían alcanzado su objetivo: no conocerían el amor en ningún momento de su vida. Eran libres.”

 

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La posibilidad de una isla

Publicado en Houellebecq, Prosa por Fran en 5 Mayo 2009

Por Michel Houellebecq

 

Daniel 1,6
Cuando desaparece la , lo que aparece es el cuerpo del otro, con su presencia vagamente hostil; los ruidos, los movimientos, los olores; y la presencia misma de ese cuerpo que ya no podemos tocar, ni santificar mediante el contacto, se convierte poco a poco en algo incómodo; desgraciadamente, nada de esto es nuevo. La desaparición de la ternura sigue siempre de cerca a la del erotismo. No hay relación depurada, unión superior de las almas ni nada por el estilo que se le parezca, ni que pueda recordarla de forma alusiva. Cuando el amor físico desaparece, todo desaparece; una irritación taciturna, sin profundidad, viene a llenar la sucesión de los días. Y yo me hacía bien pocas ilusiones sobre el amor físico. Juventud, belleza, fuerza; los criterios del amor físico son exactamente los mismos que los del nazismo. En resumen, que estaba metido en un buen lío.

 

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La posibilidad de una isla

Publicado en Houellebecq, Prosa por Fran en 20 Abril 2009

Por Michel Houellebecq

 

Daniel 1,1

En este aspecto, la continuación de mi carrera confirmó poco más o menos mi primer éxito en el club de vacaciones. En general, las mujeres carecen de humor, por eso consideran que el humor forma parte de los valores viriles; así que, a lo largo de toda mi carrera, no me han faltado ocasiones para meter el órgano en alguno de los orificios adecuados. Hay que reconocer que estos coitos no fueron nada espectaculares. Las mujeres interesadas en los humoristas son, por lo general, un poco entradas en años, en torno a la cuarentena, y empiezan a presentir que las cosas no van a salir bien. Algunas tenían el culo enorme, otras los pechos como manoplas, a veces ambas cosas. En resumen, no eran muy excitantes; y la verdad es que cuando la erección disminuye, uno se interesa menos. Tampoco es que fueran muy viejas; sabía que al acercarse a los cincuenta buscarían otra vez cosas falsas, tranquilizadoras y fáciles; cosas que, desde luego, no iban a encontrar. Mientras tanto, no tenía más remedio que confirmarles –de muy mala gana, créanme, nunca es agradable- la bajada de su valor erótico; no tenía más remedio que confirmar sus primeras sospechas, instilarles a mi pesar una visión desesperada de la vida: no, no era la madurez lo que les esperaba, tan sólo la vejez; lo que había a la vuelta de la esquina no era una segunda juventud, sino una suma de frustraciones y sufrimientos al principio mínimos y luego, muy pronto, insoportables; no era muy sano todo aquello, nada sano. La vida empieza a los cincuenta años, es cierto; con la salvedad de que termina a los cuarenta.

 

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La migala

Publicado en Otros, Prosa por Fran en 23 Febrero 2009

por Juan Jose Arreola.

 

La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada. Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar.

Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible. Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la aralia sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña.

Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona. Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles. Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.