Experimento Limón

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Tardes de invierno en El Bolsón

Llovía y el agua lavaba la nieve que bajaba de la montaña. El río crecía armando canales que desbordaban su cauce normal. Días después un brusco descenso de las lluvias convertía los bordes del río en un campo minado de charcos llenos de truchas. Las pobres quedaban en esos piletones que se iban secando. Ellas no lo sabían, pero en caso de que nada cambiara se morirían ahí, secas. Entonces salíamos con mi hermano a buscar los piletones después de la crecida donde las truchas se escondían, medio perdidas. Llevábamos un balde azul que sacábamos del lavadero y nos pasábamos lo que quedaba del día en los charcos. Caminábamos entre las piedras y metíamos la mano abajo del agua, en algún agujero, en algún musgo. De repente sentías que tus dedos tocaban un cuerpo escurridizo, algo eléctrico que parecía dispararse. Ahí aprendimos a apretar la trucha por debajo de la cabeza y antes de la última aleta de abajo. Con eso las inmovilizábamos, las metíamos adentro del balde y una vez que juntábamos una cuantas las llevábamos de vuelta al río para devolverlas. Me acuerdo que perdíamos la noción del tiempo, podíamos estar toda la tarde salvando truchas, pensando lo necesaria que se había vuelto nuestra presencia para un montón de vidas. Cosa que confirmábamos al otro día cuando volvíamos a los piletones, ya secos, y veíamos el desastre. El olor a pescado podrido, la muerte dando vueltas. Y las peleas con mamá que no nos quería dejar salir con el resfrío que nos habíamos agarrado después de estar mojados todo el día y nosotros tratando de explicarle que dependían de nosotros, que teníamos que salvarlas antes de que se secara el agua de los piletones.
52. Un corte no es el borde
Por Roberto Juarroz
Un corte no es el borde
de un cuerpo en el espacio,
ni el abismo que se abre
al final de una distancia,
ni la función de un filo contra algo,
ni el ejercicio de lo trunco.
Un corte es el infinito interrumpido,
el fracaso ancestral del infinito,
la fijeza para siempre de algo,
la antifigura del amor,
la forma práctica de la nada.
Un corte es el diafragma
que controla este pulso
que vaga sin misión entre los astros.
Un corte es como un ceño que se frunce
para alisarse en el vacío.
Un corte es un infinito
roto en otro infinito.
Eso que sangra
¿En qué pensás?, me preguntó ella, te siento como en otro cosa. En nada, le respondí, en que tenía ganas de verte, y seguimos caminando. Yo también tenía ganas de verte, me dijo, ¿te conté que con Martín se fue todo a la mierda? La escena se repetía, te dije que no quiero que me cuentes esas cosas. Ella me pidió que no me enoje, que no tenía ganas de pelear. ¿No podemos, simplemente, pasarla bien? me preguntó, y lo dijo con una sonrisa que hacía parecer que fuera posible. Se paró a acomodarse el zapato y yo me quedé masticando la pregunta.
Dos cuadras y seguía la sangre. Enfrente de una vieja puerta de madera, las que hasta ese momento eran gotas se convirtieron en un charco. Lo que fuera que estuviese sangrando había hecho una pausa enfrente de esa puerta. Agustina no le daba importancia a la sangre. Estaba empecinada en demostrar que nuestros encuentros ocurrían al azar, que yo no hacía otra cosa que provocarla y que siempre que dormíamos juntos era porque estábamos borrachos y no sabíamos lo que hacíamos. Yo ya no pude contenerme y le pregunté: ¿vos nos ves algún futuro a nosotros? Seguimos caminando en silencio.
Cinco cuadras de sangre, doblamos en la esquina, caminamos por la peatonal y a mitad de cuadra vimos un patrullero. La sangre iba derecho para ahí. Al principio no pude ver bien. A la vez no podía dejar de pensar en el silencio que se había armado entre nosotros. Llegamos a mitad de cuadra. Detrás del patrullero ví a un chico de unos doce años que giraba su cabeza para los costados y caminaba lento, claramente perdido. Lo seguían dos policías que le hablaban, pero sin tocarlo. El pibe iba en zigzag y de pronto se quedó quieto, un brazo doblado, la palma al cielo, la muñeca empapada de rojo y la otra mano intentando sostener el gesto de Padre por qué me has abandonado, el hilo de sangre llegando hasta él. ¡No mirés! Le dije a Agustina mientras la abrazaba. ¿Por qué? ¿Qué pasó? Ahora te cuento, pero no mirés. Entonces le dije que era un chico pobre, que seguramente estaba pasado de Poxiran, que no podía sacarme la imagen de la retina, le conté de los policías que trataban de hablarle desde lejos, que no sabían qué hacer, que tenían menos idea que el pibe. Seguimos caminando y vimos cómo la ambulancia entraba andando por la peatonal. Yo ya no podía pensar en nosotros, en lo que nos pasó.








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