___________________ Algunos Escritos ____________________

Dolores (primera parte)

Posted in ::: Escritos míos, Doloress, Relatos by Martín Kaissa on 3 abril 2009

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Yo tenía doce años y no sabía qué hacer. Empecé a sentirme incomodo en lugares que antes me eran cotidianos: la escuela, los juegos con mi hermano, las comidas familiares. Lo que pasaba en mi casa dejó de interesarme, aunque tampoco había nada que ocupara ese lugar.
Esa tarde mi viejo llegó a eso de las siete. Estaba todo lleno de aserrín de la obra, según nos contó había terminado el piso de la segunda cabaña. El invierno lo obligaba a cambiar de trabajo, la feria abría nada más que los sábados y nadie estaba comprando los móviles en los que él trabajaba. Lago Puelo era así, la gente cambiaba la manera de pagar las cuentas tres veces por año. Cuando no había feria mi viejo laburaba de albañil, o de carpintero en alguna obra, y en primavera en la chacra de un amigo con las frambuesas. Lo de las cabañas había salido después de dos meses de sequía, de pelearse con las casas de reventa en Bariloche y de muchos días comiendo casi nada más que arroz. Él había intentado hacer algunos arreglos en la casa, pero para todo necesitaba plata. Siempre se le había echo difícil estar sin hacer nada.
Cuando mi vieja lo vio entrar, le dio un beso y le empezó a sacudir el aserrín; ella lo cuidaba, lo seguía cuidando.

– Hoy cobre la guita de la primera cabaña, así que le cambié la pieza al carburador de la estanciera que estaba andando mal.
– Lo que también tendríamos que arreglar es la mochila del inodoro, está haciendo mucho frío para salir con el balde afuera.
– Sí, pero para eso ya te dije que tenemos que esperar a que me paguen todo el trabajo.
– Andá a bañarte que estás echo un asco, tenés viruta hasta en el pelo.
– ¿Hay agua?
– No, hay que ir a cebar la bomba, con la helada de anoche se congeló toda la manguera, pero ya debe estar descongelada.

Hacía un tiempo que cuando escuchaba las conversaciones entre mis viejos me ponía de mal humor; mi hermano no se daba cuenta, siempre estaba en otra cosa, pero yo desconfiaba. Nunca supe cuando comenzó a pasarles, pero como pareja se habían quedado sin brillo. De solo escucharlos me subía un enjambre de lombrices por la espalda. Un tiempo después decidieron distanciarse, de alguna manera todos lo estábamos esperando. Pero la separación no se convirtió en una lucha interminable como solía ocurrir con los padres de mis amigos, más bien fue como ponerle un filtro gris a la imagen de la pareja y a mi casa que se volvió una tierra estéril donde ellos siguieron conviviendo. Habían dejado de amarse, por lo menos del modo en que lo habían hecho en otros tiempos, y simplemente se dejaban estar en las situaciones, cada uno siguiendo su camino con cierta marca de resignación, casi como si el mundo hubiera decidido que no podían estar más juntos y ellos no hubieran tenido fuerzas para seguir resistiendo. Las peleas casi no ocurrían, pero la distancia se olía en la indiferencia de sus charlas. Mientras tanto ahí estaba yo, tratando de pescar qué era lo que estaba pasando y viendo como la imagen de mi familia se rompía. De repente había perdido el mapa del suelo que durante tanto tiempo había pisado.
Mientras mi viejo se bañaba, mi vieja llenaba planillas, desde que era maestra de plástica no hacía otra cosa que no fuera llenar formularios. Ser maestra especial es así, es mi trabajo y lo tengo que hacer, me dijo. Después mi viejo salió con una toalla en la cintura y subió a cambiarse. La escalera crujía a cada paso y no me dejaba pensar en otra cosa.

– Che, ¿tengo limpia alguna de mis remeras?
– Sí, fijate que están al lado de los pantalones.
– ¿Está limpia la naranja?
– Está para lavar.
– ¿Vos tenés ganas de que vayamos al asado de los Rossner?
– Uh, no, no puedo, tengo que terminar los registros
– Ah, porque yo le dije a Rubén que iba a ir. ¿Te molesta que vaya solo?
– No, andá, pero llevate a los chicos, necesito terminar con esto.
– Dale.
– Chicos cámbiense que nos vamos a un asado. Se abrigan que hace frío.

Mientras mi vieja me insistía con que me pusiera un pulóver más grueso, nos subimos a la camioneta y mi viejo arrancó. El aserrín que había en el asiento se fue pegando a la lana de mi abrigo. Me gustaba ir a lo de los Rossner. Pedro, uno de los hijos, tenía un año menos que yo y un par de veces habíamos ido a andar a caballo, aunque esta vez se estaba haciendo tarde y no nos iba a quedar mucho tiempo para preparar las monturas. La entanciera andaba despacito y antes de subir al cerro, donde vivían los Rossner, mi viejo tuvo que pasar por el pueblo para cargar nafta. Cuando llegamos ya era de noche. Pregunté por los caballos y me dijeron que estaban pastando en el campo del vecino, y que estaba muy oscuro para ir a buscarlos. Vas a tener que esperar hasta la próxima, pichón, me dijo mi viejo mientras se reía de mi cara de desencanto. Me metí en la casa y vi que mi hermano había agarrado un autito y ya se estaba peleando con el dueño que insistía en llamar a su mamá.
Yo conocía las fiestas como esas. Me limitaba a mirar a los chicos jugar y a aburrirme, y a mirar a los grandes comer y tomar y a no entenderlos. No era parte de ninguno de los dos grupos y, aunque lo quisiera, no encontraba mi lugar en la fiesta, simplemente observaba. A pesar del frío, los hombres estaban preparando un chivo a la estaca. El animal, que había sido un regalo de cumpleaños, fue crucificado en honor a la fiesta. La grasa chorreaba por la varilla de hierro y hacía ruido al llegar a las brasas. Ya había gente que había tomado de más y que se reía a carcajadas roncas. Un grupo de mujeres preparaba la ensalada en la cocina e iba volcando todas las verduras cortadas en una palangana naranja como la que usaba mi vieja para bañarme cuando era más chico. La carne no estaba mal, lastima que me tocara comer en los almohadones que habían improvisado como mesa para los chicos.
El tiempo pasaba y los chicos se iban durmiendo e iban siendo repartidos en los cuartos, acostados de a tres o de cuatro por cama. De vez en cuando uno se despertaba llorando, despertaba a los demás, y alguna de las madres venía a buscarlo para quedarse con él hasta que se volviera a dormir. Yo me había aburrido de no hacer nada. Vi a Pedro que se acercaba mirando la mesa de la cocina, que ya había subido el volumen de la discusión. Todo parecía trastabillar. Entonces Pedro, compungido, como quien hace una revelación, me dijo: Ya están todos en pedo, ahora seguro van a tomar droga. Y puso esa cara de preocupación que usan los actores en las películas. Pero nada de eso ocurrió. Yo no supe qué decirle (en este momento me pregunto: ¿Acaso pedro y yo no habíamos visto ya miles de veces la escena de las dos manos que toman el terrón blanco, como si fuera azúcar, y sobre un espejo van serruchando con la gillette hasta reducirlo a polvo, y después una tarjeta de crédito que abre el montoncito, como quien abre el mar, separa la porción y dibuja una línea? ¿Acaso en ese pueblo la madera de las casas no tenía olor a marihuana? ¿Pero yo qué podía decirle?)

 

[Ir a la segunda parte]

 

13 comentarios

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  1. Bitacoras.com said, on 3 abril 2009 at 1:44 am

    Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: Yo tenía doce años y no sabía qué hacer. Empecé a sentirme incomodo en lugares que antes me eran cotidianos: la escuela, los juegos con mi hermano, las comidas familiares. Lo que pasaba en mi casa dejó de interesarme, aunque …..

  2. Ciclopa said, on 3 abril 2009 at 4:35 pm

    Duros los asientos,
    a veces de viento,
    a veces de cemento

  3. Fran said, on 3 abril 2009 at 4:52 pm

    jeje, es verdad

  4. ego said, on 4 abril 2009 at 12:17 am

    la percepción de los niños se establece por canales insospechados
    y después olvidados

    muy linda entrada

  5. Fran said, on 4 abril 2009 at 3:12 pm

    gracias ego, se viene la segunda parte

  6. lau said, on 5 abril 2009 at 2:11 am

    a mí tb me gusta eso de rescatar los recuerdos de la niñez. veo q seguís con ganas de echar.
    me parece bien la decisión de haberlo partido. los bloggers huyen ante un tx extenso.

  7. Fran said, on 6 abril 2009 at 12:34 am

    si, es demasiado largo todo junto. no todos son recuerdos, hay mucho de creacion y no entiendo lo de querer echar…

  8. Cerdos y Cerdas said, on 6 abril 2009 at 3:57 pm

    Muy bien contado. Muy claro. Me envolvió hasta terminar de leer todo. Espero la segunda.

    Saludos desde el chiquero

  9. Fran said, on 6 abril 2009 at 4:10 pm

    gracias cyc. me reí mucho con tu ultimo post, te deje comentarios

  10. jazlima said, on 6 abril 2009 at 4:49 pm

    A mí también me envolvió, me imaginé todo, las descripciones están buenísimas.
    Y me encantó eso de “me subía un enjambre de lombrices por la espalda”.
    Espero ansiosa la segunda parte!
    Besos Fran!

  11. Fran said, on 6 abril 2009 at 5:43 pm

    gracias jazmina. es curioso que lo marques, por que justo hubo gente que esa frase no le gustó, dijieron que no pegaba con el tono minimalista-realista que intenta tener el resto del relato. esta bueno encontrarse que hay gente que lee distinto y que lo piensa diferente.

    saludos

  12. jazlima said, on 6 abril 2009 at 7:01 pm

    si, es un relato minimalista-realista, pero eso no quita que uno haga ese tipo de descripciones… que me parece acertadísima… posta me imaginé a las lombrices subiendo por la espalda y no hay mejor metáfora que esa.
    besos

  13. Fran said, on 6 abril 2009 at 8:01 pm

    me alegro y se lo comunicare a sus detractores.jeje.saludos


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