___________________ Algunos Escritos ____________________

La traicion de Rita Haywort

Posted in Alan Pauls by Martín Kaissa on 19 marzo 2010

Por Alan Pauls

 

La traición no cuenta, pues, la iniciación de Toto, su protagonista. Más bien escenifica el enfrentamiento entre dos lógicas, una lógica del crecimiento y una lógica de la detención, o entre dos modalidades de la transformación: transformación extensiva de Héctor, ligada a una cronología que la organiza en ciclos y estados previsibles; transformación intensiva de Toto, inmóvil, vinculada con el terreno del lenguaje y la acción. El cuerpo de Héctor es sintagmático, continuo, expansivo. El de Toto, en cambio, anula la continuidad: es un campo de acontecimientos y cortes.

 

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Alan Pauls: avance de su nueva novela

Posted in Alan Pauls by Martín Kaissa on 10 febrero 2010

 

 

El factor Borges

Posted in Alan Pauls, Prosa by Martín Kaissa on 4 enero 2010

Por Alan Pauls

 

<<Sólo se pierde lo que realmente no se ha tenido.>> a los 27 años, Borges comprende que no basta con <<no tener>> (no haber vivido la patria chica); que es preciso <<perder>> (experimentar la nostalgia). Porque perder no es una fatalidad sino una construcción, un artefacto, una obra. Algo que requiere tanto cuidado y dedicación como un verso o una argumentación literaria. Para <<no tener>> sólo hacen falta un estado de cosas desfavorable, una injusticia, una desgracia. Es apenas el primer paso. Perder, en cambio, sólo pierden los artistas, que por medio de la nostalgia convierten en mito todo aquello que no tienen. Y Borges, hasta entonces confiado en el porvenir, decide ahora apostar todo a la pérdida. El siglo XIX (la Argentina premoderna, la de la pampa, los gauchos, el barrio y la intimidad sin intrusos) deja de ser un material versificable y pasa a ser otra cosa, algo a la vez más perturbador y más reconfortante: una especie de infancia imposible, el mundo del que Borges, alguna vez, fue desterrado.

 

Historia del llanto

Posted in Alan Pauls, Prosa by Martín Kaissa on 11 enero 2009

Por Alan Pauls

 

¿Cuánto tarda en darse cuenta de que en él es al revés, de que ya en ese él que viendo venir a los alienígenas mira a la mujer que lo cuida y mantiene el pie quieto en el pedal, quieto hasta que se le acalambra, primero está la ficción y después la realidad, pálida, lejanísima? Eso explica que, como a su tiempo la opción cura, la opción puto haya quedado descartada a la hora de explotar su facultad para la escucha. Para puto Puig, piensa. El escritor Manuel Puig, que no soportaba que lo real estuviera tan lejos, que llegaba a lo real acelerando, acortando camino por la vía de la ficción, su verdadero y único intermezzo. Él, la ficción, la usa al revés, para mantener lo real a distancia, para interponer algo entre él y lo real, algo de otro orden, algo, si es posible, que sea en sí mismo otro orden. De ahí todo, o casi todo: leer antes incluso de saber leer, dibujar sin saber todavía cómo se maneja el lápiz, escribir ignorando el alfabeto. Todo sea por no estar cerca. (La precocidad, como más de una vez lo ha pensado, sólo sería un dialecto de esta obsesión de lo inmediato.)

 

El pasado

Posted in Alan Pauls, Prosa by Martín Kaissa on 16 junio 2008

Por Alan Pauls

 

…Después de todo hizo lo mismo que vos: aprendió lo que tenía que aprender y se fue, hecho todo un hombre. Un hombre encantador, sensible, curioso, apasionado, que ya estará aprovechando, supongo, alguna alemana inmunda, con matas de pelos en las axilas y sandalias con medias. Pero no me quejo. Es así. Es mi misión en el mundo: inventar, descubrir, embellecer personas… para que las disfruten otros. Es lo que hago con mis enfermos. Llegan a mi inválidos, paralizados, desahuciados por los médicos, y se van felices, caminando. A sus propios familiares les cuesta reconocerlos. Es lo mismo pero con los hombres. Esos hombres que las mujeres detectan, seducen, encierran en departamentos de tres ambientes y convierten en padres de familia, esos hombres que después, con el tiempo, se dan cuenta de que esas mujeres con las que estuvieron toda una vida son una perfectas extrañas y nunca supieron nada de ellos, nunca, nada, empezando por lo básico, quiénes eran, ellos, quiénes eran de verdad, qué los hacia felices, qué los enfermaba, qué los enloquecía de alegría, de que querían escaparse, con qué paraísos soñaban, y entonces se mueren, y el medico dice “infarto” o “aneurisma”, pero en realidad mueren de amargura… A esos hombres, Rimini, a esos hombres como vos, yo los veo. Los veo y de sólo verlos los abro por el medio, como esos filipinos que operan sin tocar, y les miro el corazón así, a esta distancia, y les leo todo, entendés, una por una, todas las heridas y las cicatrices que tienen, las grandes, las que son irreparables, y las que casi no se ven, y también leo todo lo que el corazón es capaz de hacer, todo lo que ni él, él menos que nadie, en realidad, sospecha que puede hacer, y entonces les digo lo que veo, o no, se los muestro (por que los pobrecitos rajan se les decís las cosas), y entonces, zas, se enamoran de mí, se enamoran perdidamente, y yo de ellos, y cuando empiezan a darse cuenta de que los que les mostré está ahí, adelante de ellos, adentro de ellos, entonces creen que entienden de qué se enamoraron realmente, no de mi, por supuesto, sino de mi poder, de mi ojo filipino, de mi capacidad de curarlos , y entonces, curados, espléndidos, se van, mucho más guapos que cuando los encontré, rejuvenecidos, en perfectas condiciones para ser felices. Y sin mí, por supuesto…

 

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