___________________ Algunos Escritos ____________________

Dolores (final)

Posted in ::: Escritos míos, Doloress, imagenes, Relatos by Martín Kaissa on 24 abril 2009

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[Ir a la segunda parte]

Mi viejo me sacó de ahí, buscó mi abrigo, me agarró de la mano y mientras saludaba a Rubén, abrió la puerta y nos fuimos para la camioneta. No me acuerdo si ladraron los perros, del camino, ni cómo yo entré a la camioneta, casi podría decir que no guardo ninguna imagen de lo que pasó en ese momento (La secuencia vuelve a aparecerme cada tanto: los dedos de dolores, apretando la madera de los cajones, su pelo casi sin moverse, la voz ahogada por el whisky). Después mi viejo arrancó y nos fuimos en silencio; lo único que se escuchaba era el ruido del motor. Eran como las seis de la mañana pero el invierno no se terminaba y todavía estaba oscuro. La estanciera se prendía a los caminos de tierra y yo no podía dormirme, la excitación se me había metido en el cuerpo: todavía me latía el corazón al galope y ya no tenía frío. Mi hermano seguía atrás con los ojos cerrados. De vez en cuando se movía, rezongaba un poco y volvía al silencio. Los árboles alumbrados por los faroles de la estanciera adquirían un volumen inmenso, gigantesco, y me daban un poco de miedo; la camioneta casi se queda en una subida embarrada por la humedad de la helada, pero finalmente pudo subir. En la segunda curva, después de llegar a la cima del camino, apareció una liebre que quedó encandilada por las luces y salió corriendo hacia delante. Mi viejo empezó a decirme que cómo no tenía el rifle, que si yo le tenía el volante él le hubiera disparado, que qué pena, que si no mañana comíamos liebre. Secretamente a mí me alegró que no tuviera el rifle en la camioneta, no me gustaba la idea de tener que manejar mientras él le disparaba en medio de la noche a la pobre libre que, por suerte, se escapó en la siguiente curva. Yo no entendía como él podía pensar en cazar después de lo que habíamos vivido. ¿Una liebre? Qué significaba una liebre, el rifle; de pronto todo me pareció extraño. ¿Por qué yo estaba envuelto en esa escena? ¿En qué punto mi camino se separó de los demás? Y mi viejo encima pensando en cazar liebres. Un tiempo después pensé que quizás estaba tratando de desviar la atención, pero bueno, ahí estábamos, andando en ese bosque de pinos negros, altos hasta que se perdían en la oscuridad, cuando la estanciera empezó a toser, como si tuviera espasmos, y de pronto se paró. Mi viejo empezó a putear: Este carburador de mierda, cómo puede ser, ¡hoy lo cambié!
Intentó arrancarla pero la camioneta no se movió, Después se bajó, abrió el capot y me pidió que le diera arranque; no hubo caso, la camioneta no andaba ni para atrás ni para adelante. Yo me empecé a preocuparme. Estábamos en la bajada del cerro pero al rededor era todo bosque y estaba oscuro y hacía mucho frío. Empezó a nevar. Mi viejo entró en la camioneta y me dijo:

– Voy a tener que decirle a miguel que nos venga a tirar con el camión, no estamos lejos, pero necesito que vos te quedes con tu hermano.
– No pa, no me quiero quedar solo. Me da miedo y hace mucho frío.
– ¿Miedo? ¿Miedo, de qué, pichón?
– No sé, pero por favor pa, no me quiero quedar acá.
– Dale hijo, necesito que me ayudes, no podemos dejar la chata acá. Yo lo busco a Miguel y en media hora estoy de vuelta.
– Pero, ¿no puedo ir con vos?
– No, ya te dije que no, necesito que cuides a tu hermano, si me voy con lo dos vamos a tardar un montón, además no quiero dejar la chata sola. Dale, ayudame.
– Hace frío.
– Bueno tapate ahí con tu hermano, con las frazadas.
– No, pa.
– Dale hijo, te lo pido por favor.

Me quedé en silencio mientras él se alejaba en la oscuridad. Había querido llorar pero ya estaba grande como para hacerlo (aunque no era lo suficientemente grande como para soportar esa situación). Entonces me ahogué en un silencio del que solo me sacaba la respiración de mi hermano.
Me acosté al lado de él; la frazada estaba caliente, de modo que pensé que podría soportarlo; después de diez minutos de silencio, mi hermano se despertó y empezó a preguntarme por mi viejo. Antes de que intentara contarle lo que había ocurrido ya estaba llorando; lloraba así, sin resguardos, descarnadamente como si lo único que importara fuera su llanto. yo lo miraba y sentía que era la excusa perfecta para abandonar todo, para dejar de resistir y dejarme llevar por esa marea de lágrimas. Al principio pensé que no podría soportarlo y que pronto lloraría como él pero rápidamente comprendí que si lo hacía la situación iba a empeorarse. Entonces tuve que tratar de explicarle que no era nada, y que papá ya venía (yo, mientras tanto, también trataba de convencerme). Por suerte empezaba a aclarar y el bosque iba perdiendo ese tinte siniestro. Convencí a mi hermano que dejara de llorar con el pretexto de mirar la nieve. A los dos siempre nos había gustado la nieve. Después de un rato de mirar por la ventana, mi hermano quiso bajarse para jugar con la manta blanca que se había formado a nuestro alrededor, pero no lo dejé con el pretexto de su seguridad; en realidad, lo confieso, no hubiera soportado quedarme solo. Hay que cuidar la camioneta y yo soy el encargado de hacerlo, no puedo dejarla dejarla sola, me repetía intentando convencerme de que no era un cobarde.
El tiempo pasó y fue amaneciendo. Un rato mas tarde, interminable, escuché a mi viejo que nos llamaba entre la nevada. Había vuelto con el gordo Miguel, un amigo que vivía por ahí cerca y que tenía un camión. Mi hermano ya se había dormido de vuelta y ni siquiera se despertó mientras ataban el cable al paragolpe de la estanciera. Cuando subió, mi viejo me dijo: Ya está pichón, nos vamos a casa. Yo necesita llegar a casa y poder dormir hasta la hora que quisiera. Por suerte al otro día no iría a la escuela, la nieve me había salvado. Cuando llegamos mamá estaba despierta y ya estaba llenando planillas otra vez.

 

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Dolores (segunda parte)

Posted in ::: Escritos míos, Doloress, Relatos by Martín Kaissa on 13 abril 2009

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[Ir a la primera parte]

Ahí estaba Pedro y yo no tenía ganas de hacer nada para cambiar su cara, ni su temor sobre la droga, de modo que seguí en silencio. Pedro, que comprendió mi indiferencia, se fue para uno de los cuartos. Yo, entretanto, después de mirar un rato las bibliotecas y de no encontrar nada que me pareciera interesante, terminé viendo la tele con los únicos chicos que quedaban despiertos. Cuando mi viejo vino a buscarme, no me importó que la película no hubiera terminado, en definitiva era mala. Yo lo único que quería era irme a dormir a mi cama, quería descansar, que se acabara ese día, las risotadas turbias, Pedro, los caballos, la estanciera.

– Nos vamos pichón, ¿sabés dónde está tu hermano?
– Creo que está en aquel cuarto.
– Bueno andá a buscarlo y decile que nos vamos.
– Bueno. Nos vamos para casa, ¿no, pa?
– Primero vamos a ir un ratito a lo de Rubén.
– No pa, quiero ir a casa.
– No seas así hijo, además tengo que ayudar a Rubén a llevar unas cosas.
– Pero si Rubén tiene auto.
– Igual lo tengo que ayudar. Anda a buscar a tu hermano que nos vamos, dale.

Cuando convencí a mi hermano de irnos, mi viejo ya estaba en la camioneta. No me sorprendió que no hubiera cosas de Rubén en la chata, sabía que él tenía suficiente lugar en su auto. Pero era inútil discutir con mi viejo. El camino se hizo corto, aunque yo no podía disimular mi cara de mal humor. Además del sueño, nunca me gustó la casa de Rubén, lo hijos eran chicos y siempre me parecieron aburridos. Lo único que me atraía, y que me mantenía despierto, era la posibilidad de que estuviera Dolores y así encontrarme con esa mujer que me generaba una oscura admiración. En esa mezcla de sentimientos estaba yo cuando mi viejo se bajó a cerrar la tranquera que Rubén había dejado abierta unos minutos antes. Los perros salieron a ladrar. Mi hermano, que otra vez estaba dormido, no llegó a despertarse. Me bajé tratando de que la puerta no sonara –ese chirrido del metal viejo- y caminé hasta la casa. Cuando entramos, Rubén había abierto una botella de vino.

– Los pibes se fueron a dormir – le dijo Rubén a mi viejo en tono cómplice.
– ¿Y Dolores va a querer? – preguntó mi papá.
– No creo, está acostada.
– Llamala, no seas pijotero.
– Te digo que esta acostada.
– No seas amarrete, es tu mujer.

Dolores era una mujer de unos cuarenta años. A diferencia de las mujeres que yo conocía, entre las que se encontraba mi madre, Dolores había empezado a tener hijos entrados los treinta. Nunca supe bien qué había hecho antes, pero cuando llegó al pueblo estaba bastante mal, parece que Buenos Aires -esa maquina infernal- le había sacado el brillo al mostrarle los dientes y le había dejado ese rictus frío en la cara. Un año después de llegar a Lago Puelo nació Abelardo, su primer hijo, después llegaron las gemelas y finalmente nació Martincito, que tenía un año medio. Yo la había visto por primera vez en un asado en lo de los Rossner y enseguida empecé a reconocerla en los recitales de rock a los que yo iba con mi viejo. Dolores tenía una voz ronca y una boca gigante, fea, con labios que parecían dos bifes rancios; siempre con jeans mugrientos y pelo sucio. Le encantaba el whisky, pero no le hacía asco a nada. Ella fue la primera mujer que vi vomitar; nunca voy a poder sacarme esa imagen de la cabeza, ella doblada al medio tratando de agarrarse de un árbol con una mano y con la otra sosteniéndose los rulos así no se los enchastraba. El ruido era visceral, no era un ruido de mujer, era un sonido espantoso -por suerte fue tanto el asco que cerré los ojos.
Esa noche Dolores estaba tirada en la cama de la pieza, sólo nos separaba de la cocina donde nosotros nos encontrábamos una pared de cantoneras a medio hacer, como todas las paredes en este pueblo. De su boca salieron, gastadas, algunas palabras inentendibles. Mi viejo y Rubén se reían y seguían tomando vino, mientras mi hermano dormía en la camioneta. Yo me puse a mirar un libro porque el televisor estaba roto. Dolores en una pelea con Rubén había tirado un plato que tuvo el fatal destino de dejar a los chicos sin dibujitos de las cinco de la tarde; tenía sueño, hacía frío, habían dicho que esa noche nevaba. Yo le había dicho dos veces a mi viejo que me quería ir a dormir; la segunda vez reconocí en la mesa el espejito y la gillete y entonces supe que la estancia en casa de dolores iba a ser larga.
Mientras mi viejo y Rubén abrían otra botella de vino, desde el cuarto se escuchó de nuevo la voz de Dolores. Se quejaba de que no podía dormir; Rubén le dijo algo que no escuché y ella le respondió:

– ¡Pero por qué no me chupas la concha!
– Dolores, ¿pero por qué no te dejas de joder y me decís donde esta la frula que dejé en el mueblecito?
– Ya te dije pelotudo que me la tomé.
– Pero, ¿toda te la tomaste?
– No, toda no.
– Entonces, ¡¿me podes decir donde mierda está lo que dejaste?!
– No sé, pero no me la tome toda.- le dijo empezando a llorrar
– No puedo creer que te hayas tomado dos gramos enteros, ¡son como catorce rayas!
– No, te lo juro, diez capaz, doce, pero las catorce no.
– ¡La puta que te parió! Te das cuenta que no te puedo dejar en un lugar donde hay merca.
– ¡Te digo que no me la tome toda!
– O sea que no me puedo ir tranquilo a un asado.
– Pero porque no te vas a cagar, dejame en paz. Andá, andá a ponerte en pedo por ahí.
– Yo te dejo en paz, uno de estos días te voy a dejar en paz.
– Andá a cagar, pelotudo. Lo único que faltaba que me amenaces.

Después se escuchó un llanto entrecortado. Mi viejo, ante la situación, ya se había puesto de pie y me dijo que agarrara mis cosas. Rubén, que estaba claramente borracho, repasaba los estantes, los cajones y cada rincón de la casa. Resoplaba como peleándose con el aire y no podía dejar sus manos tranquilas.

– Pará Rubén, lo dejamos para la próxima.
– No, no seas boludo. Aguantá que me diga donde la dejó.
– No, pará que no quiero estar en el medio.
– Pero, no pasa nada, si ya sabes como es ella.
– No, Rubén, no da, aparte los pibes están cansados, lo dejamos para más adelante.
– Te digo que no pasa nada, no seas boludo

En ese momento apareció en la puerta Dolores con unas ojeras inmensas, los ojos rojos, llorosos, con la mandíbula desencajada y el pelo como un campo de batalla. Mientras intentaba buscar en un mueble, repetía: No se dónde la dejé, no se dónde la dejé. Me acuerdo que me quedé helado, y no podía hacer otra cosa más que mirar esa cara de desesperación, los movimientos eléctricos de sus brazos flacos y la mancha de sudor en la remera de los Rolling Stones. Yo creo que dolores me vio, esa sonrisa chueca fue un modo de decirme que sabía quien era, que de alguna forma me quería. Me impresionó su torpeza, chocándose con Rubén, peleándose con él por abrir los mismos cajones. Yo no podía dejar de mirarla, de seguirla con mis ojos, quieto, impotente, sentado en el sillón. Quise pararme para salvarla, hacer que terminara su sufrimiento y también el mío. Pero no, me quedé ahí mientras mi viejo cambiaba la cara y empezaba a verse preocupado. Después me miró, volvió a decirme que agarrara mis cosas y le dio a entender a Rubén de que nos íbamos. Rubén no llego a verlo, se metió en el cuarto buscando la merca que no aparecía. Dolores había perdido todas sus fuerzas y lloraba en la mesa del comedor. Yo seguía en el sillón sin poder moverme.

 

[Ir a la parte final]

 

Dolores (primera parte)

Posted in ::: Escritos míos, Doloress, Relatos by Martín Kaissa on 3 abril 2009

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Yo tenía doce años y no sabía qué hacer. Empecé a sentirme incomodo en lugares que antes me eran cotidianos: la escuela, los juegos con mi hermano, las comidas familiares. Lo que pasaba en mi casa dejó de interesarme, aunque tampoco había nada que ocupara ese lugar.
Esa tarde mi viejo llegó a eso de las siete. Estaba todo lleno de aserrín de la obra, según nos contó había terminado el piso de la segunda cabaña. El invierno lo obligaba a cambiar de trabajo, la feria abría nada más que los sábados y nadie estaba comprando los móviles en los que él trabajaba. Lago Puelo era así, la gente cambiaba la manera de pagar las cuentas tres veces por año. Cuando no había feria mi viejo laburaba de albañil, o de carpintero en alguna obra, y en primavera en la chacra de un amigo con las frambuesas. Lo de las cabañas había salido después de dos meses de sequía, de pelearse con las casas de reventa en Bariloche y de muchos días comiendo casi nada más que arroz. Él había intentado hacer algunos arreglos en la casa, pero para todo necesitaba plata. Siempre se le había echo difícil estar sin hacer nada.
Cuando mi vieja lo vio entrar, le dio un beso y le empezó a sacudir el aserrín; ella lo cuidaba, lo seguía cuidando.

– Hoy cobre la guita de la primera cabaña, así que le cambié la pieza al carburador de la estanciera que estaba andando mal.
– Lo que también tendríamos que arreglar es la mochila del inodoro, está haciendo mucho frío para salir con el balde afuera.
– Sí, pero para eso ya te dije que tenemos que esperar a que me paguen todo el trabajo.
– Andá a bañarte que estás echo un asco, tenés viruta hasta en el pelo.
– ¿Hay agua?
– No, hay que ir a cebar la bomba, con la helada de anoche se congeló toda la manguera, pero ya debe estar descongelada.

Hacía un tiempo que cuando escuchaba las conversaciones entre mis viejos me ponía de mal humor; mi hermano no se daba cuenta, siempre estaba en otra cosa, pero yo desconfiaba. Nunca supe cuando comenzó a pasarles, pero como pareja se habían quedado sin brillo. De solo escucharlos me subía un enjambre de lombrices por la espalda. Un tiempo después decidieron distanciarse, de alguna manera todos lo estábamos esperando. Pero la separación no se convirtió en una lucha interminable como solía ocurrir con los padres de mis amigos, más bien fue como ponerle un filtro gris a la imagen de la pareja y a mi casa que se volvió una tierra estéril donde ellos siguieron conviviendo. Habían dejado de amarse, por lo menos del modo en que lo habían hecho en otros tiempos, y simplemente se dejaban estar en las situaciones, cada uno siguiendo su camino con cierta marca de resignación, casi como si el mundo hubiera decidido que no podían estar más juntos y ellos no hubieran tenido fuerzas para seguir resistiendo. Las peleas casi no ocurrían, pero la distancia se olía en la indiferencia de sus charlas. Mientras tanto ahí estaba yo, tratando de pescar qué era lo que estaba pasando y viendo como la imagen de mi familia se rompía. De repente había perdido el mapa del suelo que durante tanto tiempo había pisado.
Mientras mi viejo se bañaba, mi vieja llenaba planillas, desde que era maestra de plástica no hacía otra cosa que no fuera llenar formularios. Ser maestra especial es así, es mi trabajo y lo tengo que hacer, me dijo. Después mi viejo salió con una toalla en la cintura y subió a cambiarse. La escalera crujía a cada paso y no me dejaba pensar en otra cosa.

– Che, ¿tengo limpia alguna de mis remeras?
– Sí, fijate que están al lado de los pantalones.
– ¿Está limpia la naranja?
– Está para lavar.
– ¿Vos tenés ganas de que vayamos al asado de los Rossner?
– Uh, no, no puedo, tengo que terminar los registros
– Ah, porque yo le dije a Rubén que iba a ir. ¿Te molesta que vaya solo?
– No, andá, pero llevate a los chicos, necesito terminar con esto.
– Dale.
– Chicos cámbiense que nos vamos a un asado. Se abrigan que hace frío.

Mientras mi vieja me insistía con que me pusiera un pulóver más grueso, nos subimos a la camioneta y mi viejo arrancó. El aserrín que había en el asiento se fue pegando a la lana de mi abrigo. Me gustaba ir a lo de los Rossner. Pedro, uno de los hijos, tenía un año menos que yo y un par de veces habíamos ido a andar a caballo, aunque esta vez se estaba haciendo tarde y no nos iba a quedar mucho tiempo para preparar las monturas. La entanciera andaba despacito y antes de subir al cerro, donde vivían los Rossner, mi viejo tuvo que pasar por el pueblo para cargar nafta. Cuando llegamos ya era de noche. Pregunté por los caballos y me dijeron que estaban pastando en el campo del vecino, y que estaba muy oscuro para ir a buscarlos. Vas a tener que esperar hasta la próxima, pichón, me dijo mi viejo mientras se reía de mi cara de desencanto. Me metí en la casa y vi que mi hermano había agarrado un autito y ya se estaba peleando con el dueño que insistía en llamar a su mamá.
Yo conocía las fiestas como esas. Me limitaba a mirar a los chicos jugar y a aburrirme, y a mirar a los grandes comer y tomar y a no entenderlos. No era parte de ninguno de los dos grupos y, aunque lo quisiera, no encontraba mi lugar en la fiesta, simplemente observaba. A pesar del frío, los hombres estaban preparando un chivo a la estaca. El animal, que había sido un regalo de cumpleaños, fue crucificado en honor a la fiesta. La grasa chorreaba por la varilla de hierro y hacía ruido al llegar a las brasas. Ya había gente que había tomado de más y que se reía a carcajadas roncas. Un grupo de mujeres preparaba la ensalada en la cocina e iba volcando todas las verduras cortadas en una palangana naranja como la que usaba mi vieja para bañarme cuando era más chico. La carne no estaba mal, lastima que me tocara comer en los almohadones que habían improvisado como mesa para los chicos.
El tiempo pasaba y los chicos se iban durmiendo e iban siendo repartidos en los cuartos, acostados de a tres o de cuatro por cama. De vez en cuando uno se despertaba llorando, despertaba a los demás, y alguna de las madres venía a buscarlo para quedarse con él hasta que se volviera a dormir. Yo me había aburrido de no hacer nada. Vi a Pedro que se acercaba mirando la mesa de la cocina, que ya había subido el volumen de la discusión. Todo parecía trastabillar. Entonces Pedro, compungido, como quien hace una revelación, me dijo: Ya están todos en pedo, ahora seguro van a tomar droga. Y puso esa cara de preocupación que usan los actores en las películas. Pero nada de eso ocurrió. Yo no supe qué decirle (en este momento me pregunto: ¿Acaso pedro y yo no habíamos visto ya miles de veces la escena de las dos manos que toman el terrón blanco, como si fuera azúcar, y sobre un espejo van serruchando con la gillette hasta reducirlo a polvo, y después una tarjeta de crédito que abre el montoncito, como quien abre el mar, separa la porción y dibuja una línea? ¿Acaso en ese pueblo la madera de las casas no tenía olor a marihuana? ¿Pero yo qué podía decirle?)

 

[Ir a la segunda parte]