___________________ Algunos Escritos ____________________

Eso que sangra

Posted in ::: Escritos míos, Eso que sangra, imagenes, Relatos by Martín Kaissa on 25 septiembre 2009

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¿En qué pensás?, me preguntó ella, te siento como en otro cosa. En nada, le respondí, en que tenía ganas de verte, y seguimos caminando. Yo también tenía ganas de verte, me dijo, ¿te conté que con Martín se fue todo a la mierda? La escena se repetía, te dije que no quiero que me cuentes esas cosas. Ella me pidió que no me enoje, que no tenía ganas de pelear. ¿No podemos, simplemente, pasarla bien? me preguntó, y lo dijo con una sonrisa que hacía parecer que fuera posible. Se paró a acomodarse el zapato y yo me quedé masticando la pregunta.

Dos cuadras y seguía la sangre. Enfrente de una vieja puerta de madera, las que hasta ese momento eran gotas se convirtieron en un charco. Lo que fuera que estuviese sangrando había hecho una pausa enfrente de esa puerta. Agustina no le daba importancia a la sangre. Estaba empecinada en demostrar que nuestros encuentros ocurrían al azar, que yo no hacía otra cosa que provocarla y que siempre que dormíamos juntos era porque estábamos borrachos y no sabíamos lo que hacíamos. Yo ya no pude contenerme y le pregunté: ¿vos nos ves algún futuro a nosotros? Seguimos caminando en silencio.

Cinco cuadras de sangre, doblamos en la esquina, caminamos por la peatonal y a mitad de cuadra vimos un patrullero. La sangre iba derecho para ahí. Al principio no pude ver bien. A la vez no podía dejar de pensar en el silencio que se había armado entre nosotros. Llegamos a mitad de cuadra. Detrás del patrullero ví a un chico de unos doce años que giraba su cabeza para los costados y caminaba lento, claramente perdido. Lo seguían dos policías que le hablaban, pero sin tocarlo. El pibe iba en zigzag y de pronto se quedó quieto, un brazo doblado, la palma al cielo, la muñeca empapada de rojo y la otra mano intentando sostener el gesto de Padre por qué me has abandonado, el hilo de sangre llegando hasta él. ¡No mirés! Le dije a Agustina mientras la abrazaba. ¿Por qué? ¿Qué pasó? Ahora te cuento, pero no mirés. Entonces le dije que era un chico pobre, que seguramente estaba pasado de Poxiran, que no podía sacarme la imagen de la retina, le conté de los policías que trataban de hablarle desde lejos, que no sabían qué hacer, que tenían menos idea que el pibe. Seguimos caminando y vimos cómo la ambulancia entraba andando por la peatonal. Yo ya no podía pensar en nosotros, en lo que nos pasó.

 

Eso que sangra

Posted in ::: Escritos míos, Eso que sangra, imagenes, Relatos by Martín Kaissa on 15 septiembre 2009

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Era viernes a la noche. Yo estaba esperándola en un bar en el que sonaba una banda horrible. El punk no fue hecho para agradar, dijo el cantante y los quince pibes que estaban adelante lo festejaron. Agustina no había aceptado que la pasara a buscar, nos vemos directamente ahí, me había dicho. Ella sabía lo que yo odiaba esperar en los bares, pero bueno, las cosas entre nosotros siempre fueron complicadas. Con Agustina habíamos sido novios durante tres años y hace uno decidimos cortar, pero de vez en cuando nos volvíamos a ver. En general no hacíamos más que recriminarnos las cosas que no habíamos hecho por el otro. Eso y tener sexo. Pero lejos de pensar que era una vuelta atrás, un mambo oscuro que se revolvía, yo estaba seguro de que esos encuentros me hacían bien. Trataba de confirmar mi teoría de que la mejor manera de perder a una mujer es cojérsela repetidas veces. Que en el ida y vuelta de los cuerpos se muestra claramente que no es posible que la cosa encaje, que el muchacho que creía en las dos mitades estaba horriblemente equivocado. La memoria de los cuerpos, me había dicho tantas veces, intentando no culparme por lo que hacía.

Agustina llegaba tarde. La chica de la barra me cobró quince pesos un vasito de plástico que supuestamente tenía Gancia y en realidad era sólo limón y dos hielos enormes. Por lo menos está frío, pensé. Me di vuelta y la ví entrar, caminó tres pasos y me vió. Cuando estaba llegando a la mesa se chocó con una silla, estaba claramente borracha. Qué manera de empezar, le dije. Nosotros ya empezamos hace mucho, me respondió. El humor no lo había perdido. Ella se sentó, hablamos un rato y le dije: vamos para casa, ¿dale? Por supuesto las cosas no serían tan fáciles. Ella le había dicho a una amiga que se verían en el bar, se puso a llamarla pero no la encontraba, quiso tomar un trago y terminó en el baño, no estaba tan mal como para vomitar, pero estuvo un buen rato. Cuando volvió tenía los ojos pintados y detrás una mirada triste. ¿Estuviste llorando?, le pregunté. No, ¿qué decís? Vamos si querés.

Salimos del bar y caminamos un par de cuadras. Ella me estaba contando del trabajo y yo miré al piso. Gotas de sangre. Pensé en mi perra, en las gotitas casi rojas por todo el piso de la cocina, en el caminito rosado que le mostraba que no iba a procrear. Pero mire de vuelta y me dí cuenta de que no era igual. Esto era sangre, densa, una gota al lado de la otra. Lo que fuera que estuviese sangrando lo hacía a un ritmo problemático.

 

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