___________________ Algunos Escritos ____________________

El factor Borges

Posted in Alan Pauls, Prosa by Martín Kaissa on 4 enero 2010

Por Alan Pauls

 

<<Sólo se pierde lo que realmente no se ha tenido.>> a los 27 años, Borges comprende que no basta con <<no tener>> (no haber vivido la patria chica); que es preciso <<perder>> (experimentar la nostalgia). Porque perder no es una fatalidad sino una construcción, un artefacto, una obra. Algo que requiere tanto cuidado y dedicación como un verso o una argumentación literaria. Para <<no tener>> sólo hacen falta un estado de cosas desfavorable, una injusticia, una desgracia. Es apenas el primer paso. Perder, en cambio, sólo pierden los artistas, que por medio de la nostalgia convierten en mito todo aquello que no tienen. Y Borges, hasta entonces confiado en el porvenir, decide ahora apostar todo a la pérdida. El siglo XIX (la Argentina premoderna, la de la pampa, los gauchos, el barrio y la intimidad sin intrusos) deja de ser un material versificable y pasa a ser otra cosa, algo a la vez más perturbador y más reconfortante: una especie de infancia imposible, el mundo del que Borges, alguna vez, fue desterrado.

 

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Pequeños cocodrilos

Posted in Otros, Prosa by Martín Kaissa on 12 noviembre 2009

Por Aureliano N.

 

Padre sentado al telefono. Habla con madre, le pregunta como esta. Como esta hijo?
Aca esta, un poco inquieto. Ahora esta tirado en el suelo, dibujando. Decile que venga a hablar conmigo.
Hijo toma el telefono. Su vocecita atraviesa miles de kilometros y llega a los oidos de padre. Hey papa, por que no estas aca? te extraño mucho, dice con su vocecita aguda. padre se imagina la carita entristecida de hijo. No puede evitar sonreir, yo tambien hijito. Pero mucho te extraño, no tenias que quedarte alla, vuelve a decir hijo y padre deja de sonreir y su rostro se inclina hacia una mueca dolorida.
Sobreviene un silencio. Padre intenta escoger entre muchas palabras algunas que sirvan de consuelo a hijo, y a si mismo. Lo que pasa hijo, empieza a decirle con un tono didactico, pero se interrumpe. Mama, me dibujas un elefante? la vocecita aguda grita del otro lado del telefono y se va tornando mas lejana. Oye la voz de Madre, que te dijo papa? Hijo no responde. Pero cortó el telefono? si, responde hijo. Dibujame un elefante, dale. Tomá este lapiz.

 

La prosa del observatorio

Posted in Cortazar, Prosa by Martín Kaissa on 11 septiembre 2009

Por Julio Cortazar

(…)
También la señorita Callamand y el profesor Fontaine ahíncan las teorías de nombres y de fases, embalsaman las anguilas en una nomenclatura, una genética, un proceso neurendocrino, del amarillo al plateado, de los estanques a los estuarios, y las estrellas huyen de los ojos de Jai Singh como las anguilas de las palabras de la ciencia, hay ese momento prodigioso en que desaparecen para siempre, en que más allá de la desembocadura de los ríos nada ni nadie, red o parámetro o bioquímica pueden alcanzar eso que vuelve a su origen sin que se sepa cómo, eso que es otra vez la serpiente atlántica, inmensa cinta plateada con bocas de agudos dientes y ojos vigilantes, deslizándose en lo hondo, no ya movida pasivamente por una corriente, hija de una voluntad para la que no se conocen palabras de este lado del delirio, retornando al útero inicial, a los sargazos donde las hembras inseminadas buscarán otra vez la profundidad para desovar, para incorporarse a la tiniebla y morir en lo más hondo del vientre de leyendas y pavores. ¿Por qué, se pregunta la señorita Callamand, un retomo que condenará a las larvas a reiniciar el interminable remonte hacia los ríos europeos? Pero qué sentido puede tener ese por qué cuando lo que se busca en la respuesta no es más que cegar un agujero, poner la tapa a una olla escandalosa que hierve y hierve para nadie? Anguilas, sultán, estrellas, profesor de la Academia de Ciencias: de otra manera, desde otro punto de partida, hacia otra cosa hay que emplumar y lanzar la flecha de la pregunta.
(…)


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Historia del ojo

Posted in Otros, Prosa by Martín Kaissa on 1 agosto 2009

Por Georges Bataille

 

A muchos el universo les parece honrado; las gentes honestas tienen los ojos castrados. Por eso temen la obscenidad. No sienten ninguna angustia cuando oyen el grito del gallo ni cuando se pasean bajo un cielo estrellado. Cuando se entregan “a los placeres de la carne”, lo hacen a condición de que sean insípidos.
Pero ya desde entonces no me cabía la menor duda: no amaba lo que se llama “los placeres de la carne” porque en general son siempre sosos; sólo amaba aquello que se califica de “sucio”. No me satisfacía tampoco el libertinaje habitual, porque ensucia sólo el desenfreno y deja intacto, de una manera u otra, algo muy elevado y perfectamente puro. El libertinaje que yo conozco mancha no sólo mi cuerpo y mi pensamiento, sino todo lo que es posible concebir, es decir, el gran universo estrellado que juega apenas el papel de decorado.

 

El próximo beso

Posted in Otros, Prosa by Martín Kaissa on 5 julio 2009

Por Alejandro Caponi

 

Peleo con mis ojos, que se niegan a enfocar la ruta, y pienso en los caprichosos acontecimientos de las últimas 36 horas. Me duele la cabeza, me duele la cintura. Enero en Corrientes, hace calor y las lluvias, desde tanto tiempo atrás, que se mueven en sentido exactamente inverso a mi conveniencia. Este ahogo no es caprichoso. Ayer, más o menos a esta hora, llegué a mi trabajo en la embotelladora de soda. Mal dormido me enteré que un camión que traía una máquina desde Porto Alegre estaba parado a la salida de Paso de los Libres. El camionero se había calentado con un gendarme, lo puteó (según me contó muy orgulloso le vomitó: “negro hijo de puta porque no me chupan la pija vos y los otros putos que están ahí”) y todos quedaron detenidos: camionero, camión y máquina. Casi lo mismo le quise decir yo al Sodero, tal vez cambiando el negro por un judío, cuando me ordenó “Gringo, agarrate el Corsita y fijate de arreglar este quilombo. Hacete acompañar por el pibe nuevo”. El Corsita, una lenta babosa a GNC sin aire acondicionado, el pibe nuevo un gordo inútil que mandaba mensajes de texto con las dos manos, usando solo los pulgares y 800 kilómetros por delante después de una muy mala noche.

A pocas cuadras de la fábrica vive una compañera de la escuela secundaria. A sus 17 todos correteábamos, alzados y patéticos, tras su culo tan duro y tetas tan redondas. Yo la quise, ella no. Quiso a varios pero a mi no. Con el tiempo aprendí a aceptar los hechos y fuimos bastante amigos pero, a intervalos extrañamente regulares, aun soñaba con ella. La lógica de aquellos sueños era curiosa, capítulos hilvanados. En el primero, al menos yo lo suponía como tal, ella desnuda, apenas tapada por la camisa blanca que usaba en el colegio y su lengua, precisa, rigurosa. Al tiempo, cuando volvía a mis sueños, podía sentir su culo, tan duro como siempre chocando, rítmico, contra mi vientre. Ya no había camisa y, desde atrás y con ambas manos, jugaba con sus tetas, tan redondas como siempre. Se extinguía, pero alguna noche retornaba. Ya dije que sus intervalos eran regulares. Arrodillada, nuevamente su lengua y yo me iba, espeso y caliente, sobre su cara. Nada parecía incomodarla. Ahora, sentados en el bar de una estación de servicio me cuenta que su marido, del que se divorció hace un par de años, no le pasa suficiente plata y que no le resulta fácil mantener la casa y sus dos hijos. Yo le miro el escote, sus tetas han soportado más que bien el paso del tiempo y, pienso, razonablemente aun pueden ser pasto de mis fantasías nocturnas. Creo que ahí sentados, los dos, apenas tratamos de pellizcar algo de los lejanos días de gloria, yo atajaba penales y ella la protagonista excluyente de nuestra fiebre. Al levantarse para volver a su casa me besa en la boca. Después desaparece. A intervalos regulares, volverá.

A las cuatro de la mañana me despierto. No hay luz y no tengo fuerzas para putear a la EPE y sus cortes “por exceso de demanda”. Hace calor, no hay aire, ni ventilador ni nada. Tengo la frente empapada. Camino al baño. La puerta entreabierta y el difuso resplandor de las velas que va y viene. Abro. Una amiga de mi hija, rubia, desnuda, mojada, eventualmente virgen, está parada sobre una toalla. Me mira y no puedo saber si algo la sorprende. No tiene más de 17. Con ambas manos se tapa las tetas y no hace más que realzar su perfección. No se si bajo la vista o la recorro. Su piercing en el ombligo, el delfín tatuado un poco más arriba de su pubis casi totalmente depilado. Vuelvo a la cama. Ya no podré dormir.

Un novillo, el aburrimiento del que sabe que va a morir, me mira desde un camión jaula. Intento dejarlo atrás. Vamos a 40. El Corsa hierve, se funde en la doble raya amarilla. El Gordo estira su brazo a la radio. Sin mirarlo (mis ojos gambetean la frase atrás del acoplado “Nao e prisa, e saudade”) le ordeno “ni se te ocurra” y, transpuesto, vuelve a la algo reclinada butaca de acompañante. Bajo a segunda y acelero, el auto tose y yo puteo “… judío de mierda, el gas es para la cocina…” Voy entre los novillos y un perro muerto que se pudre en la banquina.

En Paso de los Libres, cerca de la aduana, cien metros a un costado del A.C.A. hay un puticlub. Después de conciliar con los gendarmes y devolver el camión a la ruta quiero tranquilizarme. El camionero trepado al estribo del Scania, calco de los Guns en el centro del parabrisas, alardeando “un rato más ahí dentro y me los garcho a todos esos tobas de mierda”, el beso en la estación de servicio, el delfín tatuado en el pubis tan bien depilado de la amiga de mi hija. Pido un Fernet con Coca y arreglo que el Gordo suba al escenario. Una puta vieja y estropeada le baja los pantalones y se la empieza a chupar. Excepto la verga tiene todo duro. Desde la oscuridad alguien ladra “bombeá gordo”. “Metele un dedo en el culo que le gusta”, grito y me pregunto cuando será el próximo beso.

El hormigón de la ruta es un espejo. El sol parece estar atado al techo del Corsa. El hilo es corto. Me aburro. Bajo el asiento tanteo el 38 Special que siempre llevo conmigo. Miro al Gordo tan somnoliento. Apoyo el caño sobre su sien izquierda y gatillo. El tambor vacío gira y el percutor pega un chasquido seco. Me río y le digo al Gordo, una masa fofa, transpirada y contorsionada, los ojos tan abiertos, “como te cagaste hijo de puta”.

 

Fortín Paraguay, Junio de 2009