___________________ Algunos Escritos ____________________

Los sueños de Klauss (última parte)

Posted in ::: Escritos míos, Los sueños de Klauss, Relatos by Martín Kaissa on 12 abril 2010

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Klauss ve un animal de dos cabezas detrás de unos árboles. No llega a verlo con precisión, pero parece una vaca aunque mucho más grande. Una de las cabezas, la más larga, está comiendo pasto y se parece un poco a una jirafa. Casi no puede ver la otra cabeza, entonces se acerca y pisa sin querer algo en el suelo que hace ruido. La reacción es instantánea, las dos cabezas se levantan. La otra cabeza, hasta ahora invisible, se parece a la de un tigre y tiene unos colmillos gigantes. El animal, entre sorprendido y amenazante, empieza a caminar hacía él a paso firme y le lanza algo que no llega a ver pero que le da en la boca antes de que pueda cerrarla y se lo traga. Parecen pelos. A Klauss le da mucho asco e intenta escupir, pero no lo logra. Se mete la mano en la boca y agarra un pelo para sacárselo pero está enredado a otros pelos que hacen resistencia. Se desespera, sigue tirando y cada vez salen más y más pelos. Mientras tira de la maraña, se da cuenta de que no son pelos comunes, son más gruesos y cada uno se retuerce sobre sí mismo y sobre los otros. Él sabe que los vió en algún otro lado. Sin saber qué hacer tira cada vez más y una bola se le atraganta en la glotis, siente que nunca va a poder sacarlos a todos. La bola no lo deja respirar y se le nubla la visión. Klauss va perdiendo las fuerzas.
De pronto se despertó en su cama. En el aire había olor a quemado. Su mamá se habría olvidado otra vez de la comida, pensó, mientras se levantaba y se dirigía hacia la cocina. De la olla que estaba en el fuego salía humo. No estaban ni su mamá ni su papá. Salió afuera y gritó. ¿Qué pasa Klauss?, le preguntó su papá saliendo de la sombra. Estaba borracho. Se quema la comida, dijo Klauss desesperado. ¿Vos dejaste la comida en el fuego?, preguntó su papá. Su mamá salió de la oscuridad y entró a la casa, volvió con la olla y la dejó en el piso. Una cortina azul de humo se mezcló con la noche.

– Klauss andá al cuarto que tu papa y yo estamos hablando.
– Pero no quiero que se peleen.
– Andate al cuarto, no te lo repito más.

Empezó a llorar mientras volvía a su cuarto. Se tiró en la cama y escuchó cómo la discusión subía de tono. Se quedó otra vez si saber qué hacer. Agarró la almohada y se tapó la cabeza, no quería escucharlos. De pronto un ruido a algo que se rompía lo asustó y sin pensarlo fue para la cocina. Su mamá tenía un plato en la mano y en el piso había un montón de vidrios rotos. ¡Klauss agarrá tu campera que nos vamos! dijo ella. Su papá estaba parado contra la pared, al verlo se acurrucó y se tapó la cara con las manos. Klauss empezó a llorar. Fue a su cuarto con pasos cortitos y agarró su campera. Cuando volvió su mamá todavía estaba en la misma posición; el plato en alto y la cara fija, como si hubiera quedado congelada. Pero el llanto de Klauss la sacó de la inmovilidad; lo agarró fuerte del brazo y salieron de la casa. No podemos quedarnos más acá, dijo ella tratando de explicarle. Su papá se quedó ahí, en el rincón de la cocina que olía a fideos quemados mirando los vidrios desparramados por el piso. Klauss siguió a su mamá en silencio hasta que se metieron en el galponcito. ¿Qué vamos a hacer, mamá? Nos vamos a ir a lo de los abuelos, dijo ella tratando de no llorar. Pero es de noche. No importa hijo, agarramos la linterna y nos vamos a lo de los abuelos. Él se dedicó a seguir a su mamá. Una lata de leche Nido acostada y sin tapa, con una vela adentro y un alambre enganchado que hacía de manija creaba un cono de luz que los guiaba por el bosque. Los árboles iban armando un juego de sombras alrededor de ellos. Él se agarraba fuerte de su mamá, sabía que tendrían que pasar por dos canales de riego antes de llegar a lo de los abuelos. El camino era largo pero estar con su mamá lo dejaba un poco más tranquilo. A la altura de la chacra de Carmen ladraron los perros, pero no se acercaron. En medio de la oscuridad, el ruido, aunque fuera de perros, era algo en qué pensar. La vela se apagó dos veces y Klauss pudo ver las estrellas entre las copas de los árboles. No había luna, pero era una noche clara. Podía imaginar las ramas movidas por un viento suave al ver que las estrellas aparecían y desaparecían en el cielo. Ya falta poco, dijo ella ahora más serena. Cruzaron el primer canal por un tronco viejo que hacía de puente. Tendría que haberme puesto las botas, pensó Klauss. Caminaron unos quince minutos antes de encontrarse con el segundo canal. Esta vez pisó el agua, después de intentar saltar a la luz de la vela. Su mamá, a su turno también hizo lo mismo. No importa, llegamos y les pedimos unas medias a los abuelos, dijo ella sabiendo que faltaba cada vez menos.
Cuando llegaron a la casa debían ser las dos de las mañana. Después de un rato de tocar la puerta salió el abuelo medio dormido. ¿Qué hacen acá? ¿Qué pasó?, dijo preocupado. ¿Podemos pasar? Ahora te cuento. Si, por supuesto, dijo él y miró a Klauss, ya mismo le digo a la abuela que te prepare el sillón para que puedas dormir. Gracias abuelo. No podía creer que por fin terminaría ese día. La abuela, que tampoco entendía mucho, abrió el placard y sacó unas frazadas. Vení Klauss, vení que armamos una cama en el living. Él vio a su abuela hacer la cama con la paciencia que la caracterizaba, después se acostó y la abuela le dió un beso. Ahora dormí que mañana va a ser otro día, le dijo ella mientras acomodaba las frazadas.
Klauss camina por el bosque, es de día y no sabe qué, pero sabe que está buscando algo. Escucha ladridos, cree ver perros a lo lejos y siente un ruido extraño que no puede identificar, pero sigue caminando. Escucha pasos y cuando se da vuelta, alguien lo viene siguiendo. De repente lo ve. El hombre cerdo le muestra los colmillos. Klauss se queda petrificado un segundo, piensa en correr pero ya es demasiado tarde, entonces agarra un bastón blanco que encuentra en el piso y lo usa para defenderse. El hombre cerdo le tira tarascones que él va esquivando. Desesperado busca contraatacar y del bastón blanco se dispara un rayo de luz que al tocar al monstruo, lo convierte en madera. Y ese mismo bastón se convierte en un machete con el que Klauss empieza a darle al árbol-hombre-cerdo hasta partirlo en dos. Klauss tiene una sensación de placer que no olvidará en mucho tiempo.
Esa mañana vio a sus papás juntos por última vez, discutían pero en otro tono, más tranquilos. Escuchó que su mamá decía que estaba harta de esa casa y que se irían con Klauss a lo de una amiga, al menos por unos días.

Una semana después volvió a ver a su papá. Se había mudado al pueblo. Empezó a trabajar con su hermano en una ferretería y estaba cuidando una casa de unos amigos que se habían ido a Europa por un tiempo. Hay un cuarto para vos, para cuando vengas a visitarme. Él se emocionó cuando su papá le mostró la habitación. Tenía una cama con un sobretodo rojo y un armario para guardar sus cosas. Hay tele pa? No, pero fijate lo que hay al lado de la cama, respondió. Klauss vio contra el borde de la cucheta unas cajas. Conocía esas cajas.

 

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Los sueños de Klauss (segunda parte)

Posted in ::: Escritos míos, Los sueños de Klauss, Relatos by Martín Kaissa on 26 marzo 2010

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Al otro día llovió y tuvo que quedarse todo el tiempo en la casa. Le divertía poner frascos para las goteras, pero estar encerrado lo cansaba rápido. Su mamá empezaba a impacientarse con él dando vueltas en un espacio tan reducido, pero se deprimía si la dejaba sola y no lo dejaba salir a jugar con la lluvia. Te vas a enfermar, no quiero que después andés con mocos todo el día. Finalmente, él se fue a dormir temprano, ya no sabía más qué hacer.

Klauss ve a su mamá mientras lava los platos y mira por la ventana de la cocina. Ella le pide que la ayude a limpiar la casa, que junte los juguetes. Él se siente bien ayudando a su mamá y va metiendo los juguetes en una caja. Se distrae y piensa: ¿pero cómo, los juguetes no estaban en el galpón? y llega a ver de reojo que su papá entra a la cocina. Cuando quiere preguntarle a su mamá sobre los juguetes ve a su papá avanzando hacía la mesada. Ella está de espaladas, su papá se acerca lentamente. Klauss ve como le besa el cuello, está tranquilo. Ella se queda quieta y después gira la cabeza y sonríe. Entonces él la agarra bruscamente de las caderas y la aprieta contra sí. Klauss se asusta, no puede entender porqué ella responde ante eso con una sonrisa repetida. El papá que intenta sacarle el pantalón. ¿Klauss dónde estás?, pregunta ella. Buscando los juguetes que quedaron en el otro cuarto, responde. Porqué no buscás la toalla que quedó en el bosquecito, así la lavo. Mientras él se dirige al bosque el ambiente se pone más oscuro y empieza a escuchar un ruido, como un barullo, pero cada vez que mira atrás el sonido se acrecienta. Le parece que es su mamá, luego escucha gritos entrecortados, más ruidos y comienza a desesperarse porque no encuentra la toalla, el ruido aumenta y aparecen más voces, del papá que putea, de sus compañeritas que le dicen: ¡gringo sucio! ¡gringo sucio!; su mamá que vuelve a gritar, pero ahora el grito es distinto. Klauss empieza a correr y la escena se oscurece, se escuchan los gritos más fuerte y cada vez que se da vuelta el sonido lo aturde y él que corre y ya no le dan más las piernas, cae al piso y se despierta en su cama.
De la pieza de al lado se escuchaban ruidos, al principio pensó que estarían otra vez discutiendo pero después empezó a dudarlo, no parecía una pelea. Se escuchaba la cama desvencijada. Su papá vociferaba cosas que él no llegaba a entender y su mamá resoplaba. Klauss todavía estaba aturdido por el sueño, pero comprendió que ya no podría dormirse. No quería que volviera el sueño, no quería volver a correr pero tampoco quería escuchar más a sus padres. No pudo hacer otra cosa que quedarse quieto esperando que por fin se callaran.

Klauss, despertate que tenemos que ir al pueblo, la voz de su mamá salía de la cocina. No tenía ganas de salir de la cama, afuera hacía frío y su cama estaba calentita. Dale hijo, que te preparé el desayuno, tu papá se fue a buscar el camión y me dijo que te pregunte si querés acompañarlo. Klauss se estaba poniendo los pantalones y no había terminado su pan con manteca cuando los perros empezaron a ladrar. Se escuchó la bocina del Canadiense. A él siempre le había parecido que la bocina sonaba más a un barco que a un auto. Para subirse al camión tenía que agarrar la escalerita que llegaba hasta la puerta. Detrás del cubo de hierro que hacía de cabina sólo había unos tirantes de madera montados sobre el chasis, algunas sogas y un cajón de manzanas. Aprovechamos y les llevamos a los tíos para que hagan dulce, dijo su papá. Bajar del cerro no era fácil, el camino de ripio lleno de pozos hacía que fuera imposible llegar en auto hasta la casa. Sólo llegaban las cuatro por cuatro y los camiones leñeros o algún tractor. Para colmo con las lluvias del invierno el camino se llenaba de pequeños canales y de barro. En el camino Klauss y su papá tuvieron que ayudar a desempantanar una camioneta. La f100 había intentado cruzar uno de los canales por la banquina del camino y se quedó atrapada en el barral. Para un camión de ruedas de un metro no era un problema mayor. Ataron con una soga el paragolpe del camión a la camioneta y en quince minutos estaban andando otra vez.

– Antes de cargar nafta nos podríamos tomar un helado, ¿no?
– Pero papá es invierno.
– ¿A vos no te gustan los helados?
– Sí.
– Entonces vamos a tomarnos un helado.

La heladería estaba cerrada y tuvo que conformarse con un helado que comprarían en el supermercado. Vos andá a la heladera y elegite el que más te guste. Klauss recorría las góndolas contento, no prestaba atención a la gente que se amontonaba en las colas para pagar, ni siquiera se dió cuenta de que una maestra de la escuela lo saludaba, él sólo pensaba en su helado. Tardó, pero finalmente se decidió por un bombón de chocolate que alguna vez ya le había regalado su abuelo. Cuando volvió a buscar a su papá lo encontró en las góndolas de alcohol. Al verlo, su papá agarró rápidamente una botella de whisky y la puso en el carrito tapándola con un paquete de arroz.

– ¿Te elegiste un helado?
– Sí, bombón de chocolate.
– ¿Ya estamos, entonces?
– Sí.
– Bueno, buscá un queso de rallar grande. Nos vemos en las cajas.

Klauss y su papá se pasaron toda la tarde buscando un cliente que les debía la plata de dos camionadas de leña y finalmente el tipo les dio sólo un adelanto y prometió pagar la semana siguiente. Antes de volver al cerro tenían que pasar por lo de los tíos a dejar las manzanas, pero cuando llegaron al barrio se dieron cuenta de que en la casa no había nadie. Klauss se sintió defraudado. La casa de los tíos era el único lugar en donde él podía ver televisión, le encantaban las películas. Dejaron el cajón de manzanas en la puerta de la casa y se subieron de vuelta al camión, de todas formas se estaba haciendo tarde y no se hubieran podido quedar mucho más. No convenía subir de noche al cerro.
Cuando llegaron a la casa, los perros los recibieron en la tranquera; daban vueltas alrededor del camión, ladraban. Klauss estaba seguro de que se ponían contentos cuando él llegaba. Debajo del árbol en donde guardaban el Canadiense estaba oscuro y se podía ver la luz de una ventana al final del camino. Mientras su papá descargaba las cajas de comida, él corrió hasta la casa y abrazó a su mamá que cargaba leña en la cocina económica. ¿Preparaste algo de comer?, preguntó su papá mientras se peleaba con la puerta y las cajas. No, estaba esperando que lleguen con las compras. Te dije que hoy quería comer temprano, dijo él con un leve tono de fastidio. Pero qué querés que haga si no hay comida, respondió ella copiando el tono. El papá salió a buscar otra caja que había quedado en el camión. Tengo que buscar unas cosas en el galponcito, dijo mientras cerraba la puerta. Ella se puso a guardar las compras del supermercado y Klauss le contó lo que había pasado en el pueblo.

– ¿Y te quedó lugar después del helado para comer algo?
– Sí, mamá.
– ¿Qué te parece si hacemos unos fideos? ¿Compraron sal?
– Sí.
– No la encuentro.
– Por ahí quedó en la otra caja.
– ¿Por qué no vas a buscar a tu papá y le pedís que traiga las compras que faltan?
– Afuera está oscuro, mamá.
– Dale Klauss, andá a buscar a tu papá.

Cuando entró al galponcito la puerta hizo ruido. Vio a su papá esconder una botella. ¿Qué haces acá Klauss? Me dijo mamá que te venga a buscar, que te diga que necesita la sal. Vos andá, que ahí voy. No quería volver sólo pero la voz de su papá no le dejaba muchas opciones. Así que dio media vuelta y se volvió a su casa.

– ¿Dónde está tu papá?
– En el galponcito, ahí viene.
– Y ¿qué estaba haciendo?
– Nada, no sé.

De todas maneras no sabía qué decir. Cuando su papá entró a la casa, él decidió irse para el cuarto. No quería estar ahí cuando su mamá sintiera el olor a Whisky que rodeaba a ese hombre. Se tiró en la cama y empezó a pensar en cómo habían rescatado esa camioneta, en el helado de chocolate y en las ganas con las que se había quedado de ver una película. Estaba cansado.

 

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Los sueños de Klauss (primera parte)

Posted in ::: Escritos míos, Los sueños de Klauss, Relatos by Martín Kaissa on 5 marzo 2010

Esa tarde Klauss encontró, entre las cajas de la última mudanza, una toalla naranja un tanto desteñida que utilizaba como capa de superhéroe. Se había acostumbrado a jugar solo, no tenía muchos amigos en el cerro y la única vecina cercana se había empecinado en jugar a las muñecas o al casamiento. Odiaba esos juegos, para él eran juegos de nenas. Estar solo no era un problema, se las arreglaba para imaginar un monstruo terrible que tenía atrapada a una mujer a la que él con sus superpoderes debía salvar. Se escondía entre los árboles del monstruo que lo perseguía, sin que le importara salirse del camino de las vacas y de a poco se metía en el bosque. Un árbol caído de pronto encarnaba la bestia y él, defendiendo a su amada imaginaria, gritaba: no temas, yo te protegeré. Y el grito atravesaba el bosque. Más tarde el bosque le respondía: Klauss, Klauss la comida. Era la voz de su mamá que había estado toda la mañana leyendo la receta de un guiso. Èl tardó un rato en poder bajarse de aquél gigante caído, se enmarañó con unas mosquetas que estaban alrededor del árbol hasta que por fin pudo salir. Cuando encontró el camino de las vacas escuchó que su mamá lo llamaba otra vez. Al fondo del camino se veía la casita todavía a medio hacer en la que vivían. El piso de la cocina era de tierra y algunas ventanas tenían plásticos esperando por el vidrio. Al mudarse al pueblo los tíos encargaron al papá de Klauss que cuidara la casa. Él había aceptado diciendo que era por un tiempo, hasta que construyeran una propia. Pero lo que empezó como una situación momentánea se había vuelto permanente.
Klauss se dió cuenta que había estado toda la mañana en el bosque, cuando abrió la puerta y se mezclaron el chirrido de la madera y el olor a guiso que inundaba la casa.

– ¿Dónde estabas?
– En el bosquecito.
– Y ¿de dónde sacaste esa toalla?
– De las cajas del galpón.
– ¿Qué hablamos de esas cajas?
– Pero me aburro, mamá ¿puedo jugar con la toalla?
– Mirá, más vale que dejés todo ordenado antes de que llegue tu padre.
– ¿Puedo sacar mis cosas de las cajas?
– ¡No! Ya te dije que las cajas de la mudanza no se tocan.
– ¡Pero mis juguetes!
– Cuando vayamos a la casa nueva.
– Ufa.
– Klauss, comé que se te enfría la comida.

Estar afuera toda la mañana le había dado hambre y a pesar de que el guiso no tenía gusto a nada, se comió dos platos. Pensó en volver al bosque, pero quería sus juguetes. Sabía que no convencería a su mamá, nunca lo lograba, pero no quería rendirse tan fácil. No iba a hablarle del tema, pero empezó a dar vueltas por la casa, a cambiarse de ropa, a preguntar por su papá.

– ¿Por qué no vas a lo de los abuelos?
– ¿Vos me acompañás?
– No, Klauss, ya estás grande, andá solo.

Pasó la tarde ayudando a su abuelo a arreglar unos alambrados que se habían roto en el camino de la leña. De tanto ir del establo al galpón llegó a su casa agotado, apenas le alcanzaron las fuerzas para saludar a su mamá y llegar a su cama. Dormí bien, que mañana vamos a ir al pueblo. Armó así como pudo su cama, tenía las frazadas revueltas de la noche anterior. Se acostó. ¿Me apagás la luz ma?, dijo y no se dio vuelta hasta que ella apretó el interruptor.
Klauss dormía. Un hombre enorme con cara de cerdo lo viene persiguiendo. Una mujer, que se parece mucho a la de la película que vió en lo de los tíos, grita. Mientras camina sobre un suelo empantanado un pozo va creciendo a su espalda. Empieza a apurarse, corre, sin dejar de correr, siente la respiración de su perseguidor cada vez más cercano. El hombre cerdo no le pierde el paso. Siente que no puede mirar atrás, seguir corriendo es la única posibilidad y el pantano se hace cada vez más denso. Poco a poco una voz va tomando claridad.

– No entiendo de qué te quejás.
– ¿De qué me quejo?, ¿De qué me quejo? -Repitió la voz de su mamá subiendo cada vez más el volumen-. De que vos no estás nunca, de que la que se queda con el pibe soy yo, mientras vos desapareces y cuando volvés estás en pedo. ¡De eso me quejo!
– La verdad que no te entiendo.
– ¿Qué es lo que no entendés?
– ¿No querías un pibe? Ahí tenés un pibe. ¿Qué querías que te lo cuide yo?
– ¡También es tu hijo!
– Sí, pero el que labura soy yo. Vos estás todo el día al pedo y llego y la casa es un desastre. La comida está quemada, no puedo ni llegar a mi casa y comer bien.

Klauss se revolvía en la cama mientras los gritos cruzaban las paredes de la casa. Él hubiera querido irse al bosque, que todo fuera silencio, pero la oscuridad le daba miedo. Pensó en la escuela. Cuando terminaran las vacaciones tendría que empezar cuarto grado. Pensó en el día en el que se había peleado con Guillermo después del partido de fútbol y en sus gritos: ¡gringo sucio! Las compañeritas del grado que se reían del pelo rubio y sin embargo le robaban su regla de colores. Estaba perdido en la escuela, pero a las que menos entendía era a sus compañeritas. Casi había logrado irse de ahí cuando escuchó un ruido que no era nuevo para él. Su mamá empezó a gritar.

– ¡Hijo de puta, nunca más vas a ponerme una mano encima!
– Vení, no seas así. No quise hacerlo.
– Salí de acá. Sos un borracho de mierda.
– Yo a vos no te importo. ¿No te das cuenta? Yo laburo para vos y mirá como me tratas. Vení acá, no quise hacerlo.
– Salí de acá te dije, andate, andate a lo de tus viejos. No te quiero ver.

A la mañana siguiente cuando Klauss preguntó por su papá, su mamá le dijo que había subido al cerro con el abuelo a buscar leña. No quiso seguir preguntando. Después de las discusiones entre sus padres sentía muchas ganas de estar con ellos, pero con cada uno por separado. Esa mañana, ella, al verlo sin hacer nada le propuso:

– ¿Por qué no vas a lo de la vecina?
– No ma, me aburro.
– Haceme un favor, llevale a Carmen este frasco de dulce, que el otro día mandó torta y de paso te quedás un rato.
– No, si querés le llevo el dulce, pero me vuelvo.
– No te podés quedar acá todo el día. Hacé algo.

Su mamá sacó de la repisa uno de los frascos de dulce que había hecho con las frambuesas de la cosecha. La chacra estaba funcionando mejor que el año anterior. Klauss agarró el frasco, se puso la campera, las botas de lluvia (su mamá se la pasó repitiendo que había llovido toda la noche) y salió de su casa. Agarró la picada que iba para lo de Carmen y se perdió en el bosque. El camino era largo, pero él ya lo había hecho varias veces. Carmen lo recibió y le regalo una bolsita de jirones de manzana seca. Ella sabía que a él le gustaban. Mi hija no está, asi que no vas a poder quedarte. Él fingió desilusión, pero en el fondo no tenía ninguna intención de pasarse la tarde jugando a las muñecas.

 

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